Una Hacienda. Un Oasis

A veces uno lo quiere todo. Uno quiere comer chocolate, ver libros, apreciar arte, estar al aire libre, hacer yoga, almorzar rico y comprar artesanía. ¿No les pasa? A mí, todo el tiempo. Por suerte existe un lugar que complace todas mis malcriadeces, mis avalanchas de antojos y mis múltiples crisis de personalidad.

La Hacienda La Trinidad lo tiene todo. Es perfecta. Es increíble. Es un oasis.

Cuando fui, y como ya ustedes se deben imaginar, fui derechito a la librería Sopa de Letras. Quería buscar un libro muy muy venezolano para la hija de una gran amiga que vive en Nueva York y como voy a visitarla pronto, pensé que a Camila (así se llama la beba) le gustaría leer algo en español (aunque ahora que lo pienso a mi amiga Doucky le gustará más que su princesa practique un poquito la lengua materna de su mami, doble estrellita para mí). La Hacienda no me defraudó, le compré a la chiquita un cuento precioso en homenaje al Tío Simón. Quizás todavía ella no sabe quién es él y si tengo suerte yo seré la primera en contarle.

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Al salir me encontré con Queca (@quecamia en Instagram), una de las mejores vestuaristas que conozco. Ella me contó que hace yoga todos los lunes, miércoles y viernes a unos precios increíbles (las clases casi que son regaladas) y quedé con ella en ir cuando vuelva de mi viaje.

Seguí mi recorrido y entré en la chocolatería. No saben el olor a gloria. No son solamente todas las barras de chocolate, sino el chocolate caliente que sirven recién hecho, pero recordé que acababa de nadar y que mejor era alejarme muy muy MUY despacio. No importa que no lo haya probado, se los recomiendo igual, porque sé (y no hace falta comprobarlo) que es DELICIOSO.

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Cuando me salvé de las tentaciones, entré en una tiendita de artesanía venezolana súper linda, donde hay desde maracas hasta leche de burra. Así que, si tienen planes de formar una agrupación musical o saborear los áridos páramos de Mérida sin moverse de Caracas, ahí van a encontrar lo que necesitan.

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Al salir, me di cuenta de que el día estaba sabroso y me detuve un rato. A veces hace falta solo detenerse a mirar alrededor. Este lugar es verdaderamente un oasis. No tienes que querer absolutamente nada. No tienes que comer chocolate, ni comprar artesanía, ni buscar libros, solo tienes que sentarte en un banquito al aire libre y mirar todos los tonos de verde que hay. Es un lugar espectacular.

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Después de un raaaaaaaaaato solo viendo, escuchando, disfrutando de la brisa, de los rayos de luz que se cuelan entre las hojas de los árboles, de oler la grama recién cortada, me di permiso para seguir. Ya con la mente más tranquila, fui a ver una de las exposiciones, pero algo muy particular pasó. Aparentemente un panal de pegones se cayó justo donde se encuentran las salitas de exposiciones y era imposible pasar por ahí. Confieso que me entristecí, pero luego pensé que cuando algo particular pasa hay que sentirse afortunado. Malo es cuando no pasa nada. Cuando el camino es recto y te lleva en una sola dirección. “Una buena razón para volver pronto” me dije y seguí triunfante.

Para terminar la visita entré en el café. Un lugar bellísimo donde puedes comprar cosas muy muy ricas para comer allí o para llevar. Desde ensalada de quinoa, hasta una torta de chocolate negro que se veía mundial (yo y mi pasión desenfrenada por el chocolate), mermeladas artesanales, postres sin azúcar, galletas sin gluten y de todo.

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Caracas tiene recovecos. Tiene escondites. Tiene esquinitas. Y Caracas también tiene un oasis en La Trinidad.

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@paularussap