Un Domingo Por La Tarde

Confesión: a mí no me gustaban los domingos. Eran unos días aburridos, sin ningún propósito, más que hacernos recordar que los fines de semana se habían terminado y que los lunes horrendos estaban a punto de llegar. Yo no tenía ese espíritu vibrante de “vamos a levantarnos tempranito a tomar jugo de naranja y a disfrutar de este sol”. Lo mío era pararme tarde a ver qué había en la nevera y cambiar los canales de la tele sin encontrar nada interesante, hasta que se hacía de noche y era momento de dormir. No me gustaban los domingos. No me gustaban ni un poquito… Pero, muy distinto a lo que puedas creer, las personas CLARO que pueden cambiar. Me pasó.

De un tiempo para acá los domingos se han convertido en mi día favorito de la semana. Nosotros, Los 4 Fantásticos, nos buscamos la forma de darle la vuelta y como diría mi hermana “vaya que se la dimos”. Vemos películas, cocinamos, nos tomamos alguito sentados en la cocina escuchando música y conversando de cualquier cosa. Lavamos todo, recogemos y nos volvemos a lanzar a ver tele o a inventar algún plan.

Ayer, muy diferente a otros domingos, almorzamos temprano. A las tres de la tarde ya todos estábamos bañados, vestidos y comidos porque queríamos pasear y así hicimos. O bueno, más que pasear, queríamos merendar algo rico. Nos montamos en el carro y nos fuimos a ver qué nos tenía preparado Caracas y resultó que nos tenía muchas cosas.

Estábamos dando vueltas como buscando que algo se manifestara y de pronto, por allá por Santa Eduvigis se presentó la Pastelería Doris. Tan famosa como debes haber escuchado, pero a la cual yo jamás había ido ¿puedes creer? Una caraqueña como yo, jamás había merendado en la Doris. Qué bochorno, qué vergüenza, qué descaro. Ese desliz tenía que ser resuelto inmediatamente.

Al entrar me pareció que el tiempo se había detenido. Es cierto que yo nunca había ido y no tenía manera de saber cómo había sido, pero tenía ese aspecto “setentoso” que todavía conservan muchas panaderías y pastelerías de Caracas. Fórmica azul cubría los topes de los mostradores, muebles de varios pisos exhibían bandejitas de pastas secas y las paredes mostraban muy orgullosas múltiples diplomas y artículos donde reconocían la fama y altísima calidad de aquel lugar.

Por un segundo pasé un trago amargo, porque no me querían dejar tomar fotos. Se me rompió mi corazón ansioso de alegría y azúcar, pero cuando le expliqué a la señora que esas fotos son para que tú veas lo que debes hacer este fin de semana, sonrió como apenada y me dejó seguir documentando la experiencia.

Para pedir hay de todo: mini pizzas y mini pastelitos del tamaño de un bocado que puedes llevar por peso, chocolates, hojaldre de todas las formas, tortas y, por supuesto, café.

Nosotros que somos exagerados y queremos probarlo todo pedimos los chocolates: uno de cada uno. Los hay oscuros, de leche y blancos, con almendras, avellanas y frutas confitadas. También pedimos una cola de langosta rellena de crema pastelera, un croissant de pavo y queso y un pastelito de manzana. Sí, así somos nosotros, exagerados, chucheros y variopintos.

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Nos intercambiábamos los platos para probarlo todo y nuestros paladares confundidos y felices disfrutaban de los cremosos chocolates que se derretían de solo mirarlos, el crujir del hojaldre de la cola de langosta que dejaba escapar crema pastelera por el lado contrario por el que se hincaba la alegre mordida, la suavidad de la manzana horneada y el amarguito del queso amarillo madurado que acompañaba a la perfección las múltiples lonjas de pavo del esponjoso croissant. Qué delicia. Fue un momento perfecto, a la luz de ese sol caraqueño de las cinco de la tarde. Pero como todo lo bueno, duró poco.

Nos montamos en el carro con ganas de seguir paseando, sobretodo porque desde hace semanas le habíamos prometido a Sergio (el novio de mi hermana, que vive en Maracay) que lo llevaríamos a un montón de lugares y lo teníamos embarcado. Él quería como seguir probando cosas y por qué no. Caracas estaba abierta de par en par.

Recordé un lugar hermoso: Madame Blac, en la Calle Madrid de Las Mercedes, justo al lado de Mokambo. Yo estaba muy satisfecha con todo lo que me había comido, pero me provocaba mucho ir a este sitio por todo lo que hay para ver.

Al entrar te esperan múltiples objetos de decoración, que están a la venta para los visitantes: sofás, jarrones, vajillas, viejas máquinas de escribir, estantes. Todo bellísimo. Al fondo está entonces el café con sus sillas y mesas vintage y distintas unas de las otras, espejos, repisas y mostradores repletos de cositas para llevar: brownies, alfajores, galleticas. Una nevera con cosas saladas como pastas y salsas, mini pastelitos, torticas de maíz, aderezos y ensaladas listas para comer. Y, por supuesto, una exhibición de las tortas más deliciosas y los mousses más delicados.

Como dije, yo estaba un poco full con la merienda, pero me dejé tentar por un antipasto de lentejas y unos chips de plátano. Mi hermana sucumbió ante los delicados mousses, así que nos lanzamos todos a la perdición de la merienda.

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Todo lo volvimos a compartir. El antipasto de lentejas estaba riquísimo y combinaba perfectamente con los chips de plátano verde, que crujían escandalosos.

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Una vez que ya se había terminado el fresco manjar y que estábamos felices por tan acertada elección, no quedaba otra cosa que probar los elegantes y sutiles postrecitos que mi hermana había seleccionado: mousse de chocolate y mousse de guanábana. Tan pequeños que en dos bocados desaparecieron, ideales para cuatro personas que querían probarlo todo y humanamente ya no podían.

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Estaban divinos, suaves, tan delicados al paladar como a la vista. Decorados con minucioso cuidado. Dignos de la mesa de té donde merendaba María Antonieta. Un lujo. Ciertamente un lujo estar allí en ese momento, en ese lugar, rodeada de mis más queridos y saboreando no solo las opciones del menú, sino ese instante en el que se construyen recuerdos lindos.

De regreso a la casa surgió una última idea malvada. Llevar a los muchachos a los Dulces Criollos de El Hatillo, junto frente a la Plaza Bolívar. Nadie podía comer más, pero todos queríamos traernos a la casa alguito para ver películas más tarde.

Esta recomendación la había estado guardando y ya es el momento de sacar el as bajo la manga y pedirte que vayas lo antes posible. Ese lugar es el sueño de cualquier amante de las tortas y de todo lo que es bueno y bello en la vida.

Tortas de chocolate, arequipe, cambur y nueces, auyama, piña, queso llanero, jojoto, tres leches, marquesas, bombas, quesillo, trufas, majarete, cheesecakes, fresas con crema, gelatinas, granizados de frutas, mermeladas, suspiros, roles de canela, caracolas, pizzas y hasta empanada (pero solo hasta el mediodía). No sabes. Es el paraíso.

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Puedes ir a comprar tu ración de torta y comértele en la plaza, puedes pedir las tortas por encargo como tú quieras y ponerle pepitas de colores, maní, coco rallado, galletas o puedes simplemente hacer como nosotros, elegir las que más te gusten y dejarlas para ver una buena peli.

Elegimos la de arequipe y Dandys, la de chocolate y Oreo y la de jojoto. Sí, estamos locos, qué se le va a hacer.

Regresamos a la casa contentos. No solo por todo lo que habíamos tenido la suerte de probar, sino porque había sido el mejor domingo que habíamos tenido desde que salimos los cuatro juntos. Llegamos eufóricos, alegres, contándonos a nosotros mismos los sitios a los que habíamos ido y haciendo un resumen de las delicias que habíamos pedido, como queriendo revivir cada instante.

Volvimos al sofá como cada domingo y pusimos The Life Aquatic de Wes Anderson y sonreí como reafirmando que el domingo es el mejor día de la semana. Que Caracas hace que ese día aburrido y sin propósito, ahora se convierta en un día para hacer planes, para cocinar, para estar enamorada, para pasear y para salir a merendar.

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@paularussap