Cuando el guayabo solo se cura con pizza

En medio de todo lo que está pasando, uno tiene que buscar la forma de no ser indiferente, por un lado, y tratar de llevar una vida normal, por el otro.

No vale mucho la pena dejar de vivir y dejar nuestras energías en cero. Todo lo contrario. Cada quien, desde su esquina, debe buscar la forma de llenar el corazón de esperanzas y eso es lo que nosotros, la pandillita conformada por Fer (mi hermana), Sergio alias “Pollo” (su novio) y Raúl alias “Bebo” (mi novio), tratamos de hacer.

A veces los planes son simples, pero maravillosos: ver una peli, cocinar en la casa, reunirnos con amigos. Otras veces sí nos arreglamos un poquito y salimos así sea por acá cerca.

El Hatillo se ha convertido en mi aliado durante estos días. No solo es el pedacito de Caracas que me vio crecer, sino el lugar perfecto para escapar, aunque esté a dos minutos de mi casa.

Como ya he dicho en varias oportunidades, en El Hatillo lo hay todo. No te dejes engañar por sus bellas casitas de colores y la idea que tienen muchos de que para allá se va a solo a comer fresas con crema y a caminar por la plaza. A ver, no me malentiendas, las fresas con crema son gloriosas y no hay nada mejor que comérselas sentado en uno de los banquitos que dan hacia la estatua de Bolívar. Pero, el punto aquí no es ese. El punto es que en El Hatillo se puede hacer muchísimo más que eso.

Una de las cosas que puedes y DEBES hacer, antes de las fresas, es comer pizza. No ha habido una pizzería que me defraude en El Hatillo. Das Pastel House, Vintage Estereo, Successo, La Grotta (que tristemente, ya no existe), Coco’s. Es como un mandatorio. Si vas a montar una pizzería en El Hatillo, tiene que ser buena. Y se ha cumplido.

Hace poco se sumó Pizza Caracas, que para la zona solo tiene delivery y mi paraíso personal: All You Can Pizza.

Para los que todavía no lo han descubierto, yo lo diré aquí abiertamente: la pizza es, sin lugar a dudas, LA MEJOR COMIDA DEL MUNDO.

Algunos dirán que no, que es la hamburguesa. Otros, más refinados y sibaritas, dirán que es la paella. Otros más puristas, dirán que es la tocineta. Y los entendidos en el mundo de la gastronomía dirán que es la comida peruana. Yo, que soy abierta, que no me gusta pelear y mucho menos por comida, voy a tratar de aceptar estas apreciaciones, sabiendo en el fondo que todos están equivocados. Sí, es que cuando de pizzas se trata soy terca, intransigente, testaruda y obtusa.

Volviendo al cuento, imagina a una amante empedernida de las pizzas como yo, con un all you can eat de pizzas al lado de su casa… Una locura.

Cuando vayas debes estar preparado, este no es un lugar para principiantes o aficionados. Mi recomendación: ve un sábado a eso de las 7:00, para que llegues a tiempo al 2×1 de mojitos y pide el de papelón. No desayunes y no almuerces.

El asunto es así, por un monto (que no es TAN solidario) te puedes comer todos los slices de pizza que quieras, durante un período de una hora y media. Sé que te parece poco, que tu idea era ir y comer pizza indefinidamente. Yo pensé lo mismo. Mi desilusión fue igual a la que estás teniendo tú en este momento. Pero, que esto no te desaliente, te juro que una hora y media es demasiado tiempo y demasiadas pizzas. Además, no puedes dejar nada en el plato. Si por casualidad dejas así sea el bordecito de un slice te penalizan, porque quieren evitar que se pierda comida, argumento que me parece súper válido.

Ahora, hablemos de la experiencia. Llegarás, en la puerta te explicaran cómo funciona, entrarás y te consiguirás con un lugar impresionante. Es una casa enorme y muy linda decorada. Hay muchísimas mesas, un mini jardín interno y una claraboya por la que seguramente entra una luz bellísima cuando es de día. Una vez en tu mesa te atenderán como un(a) rey/reina. Pedirás el mojito de papelón que te recomendé y cuando lo pruebes entenderás por qué he insistido tanto en el tema.

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Te traerán una entradita que puede variar. A nosotros esa noche nos tocó estas mini bruschettas con tomate picadito, queso mozzarella, queso de cabra y un toque de miel. Esos sabores te harán entender que fue una sabia decisión haber ido.

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 Y, de pronto, empezarán a hacerse realidad tus sueños de pizzas más hermosos. A la mesa se acercará un muchacho muy amable con una bandeja gigante, que contiene muchos slices delgaditos, de distintos sabores.

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La premium (mi favorita) con vegetales y queso parmesano. La mexicana con carne molida, guacamole, crema y queso blanco. La de plátano frito con queso. La de pepperoni, la vegetariana, la margarita, la de plátano y chistorras, la de asado negro. Son demasiados sabores, la mayoría raros, todos deliciosos. No sabrás qué hacer.

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Y, si por casualidad no tienen la de anchoas, ellos serán lo suficientemente amables como para traerte un plato lleno de anchoítas, para que tú se las pongas al pedazo de pizza que prefieras, como le pasó a Sergio.

El rato se te pasará entre mojitos, pizzas y conversaciones (muchas de ellas alrededor de los sabores de los slices). Al cabo de un rato sentirás un alivio. Te abrazarás a ti mismo, en silencio, por haberte regalado la pausa que te has merecido toda la semana. No habrás solucionado los problemas, no habrás borrado todos los pensamientos que has tenido durante estos días tan largos y pesados, pero te habrás llenado de alegría. Esa que a veces juega al escondite y por mucho que buscas no encuentras. Habrás llenado tu corazón de esa esperanza, que es como el tanque de la gasolina: cuando hay poca el carro todavía anda, pero siempre queda la angustia de no saber si de pronto te quedas en la mitad de la autopista, hasta que lo vuelves a llenar y el camino se ve largo, pero sabes que así sí vas a llegar.

¡Ay Caracas, cómo me gustas!

 

 

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@paularussap