Cachapas de Doña Inés para el alma

En Caracas no todo es belleza y perfección. Todo lo contrario.

Ese día fue el día de hacerle unos exámenes a mi bella madre, para saber si es necesario operarla, por segunda vez, del túnel carpiano.

Resultó que sí hay que operar y pues bueno, no queda más que hacerlo y hacerlo rápido: “al mal paso darle prisa”.

Nosotras tres (mi mamá, mi hermana y yo) tenemos una terrible costumbre de aliviar las penas comiendo algo rico y esta era la ocasión perfecta.

En la casa no había agua, el resultado del estudio dio positivo y, para nuestra suerte, vivimos a unos diez minutos de las mejores cachapas de la ciudad.

Fue idea de mi mamá. Ella quería cachapas de Doña Inés y para allá nos fuimos, a ahogar la noticia en carbohidratos y queso de mano.

Eso queda en la carretera de la Unión. Es un sitio modesto pero amplio, con una fresca vista hacia todo lo que es la Unión.

De vez en cuando el sitio se impregna de ese olor a sembradío de lechuga y repollo, que se parece mucho al olor de la tierra cuando está lloviendo. De verdad se siente uno como en otro planeta, donde no hay carros, ni edificios altos, ni asfalto.

Para tomar pedimos jugos: de parchita y guanábana. Los traen en jarras y las puedes pedir de varios tamaños y sin azúcar. Eso me encanta.

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Con el ímpetu de comer sano y seguir las indicaciones de @agreenunicorn, pensé que lo mejor sería pedir una cachapa igual a la de mi mamá.

¿Alguna vez te comenté que mi bella madre come súper poquito? Pues sí, come como un pajarito y es la compañera perfecta cuando no quieres excederte.

“Seguro pedirá una cachapa pequeña y yo voy a pedir la misma”, pensé.

Cuando llegó la muchacha que nos atendía, dejé que mi mamá pidiera primero y sus exactas palabras fueron “quiero una cachapa grande, doble queso”.

La mandíbula se me cayó.

En los breves segundos que tuve para pedir, se me vinieron millones de pensamientos “¿una grande? ¿doble queso? ¿qué hago? ¿qué pido? ¿y mi propósito de comer bien, sano, poco?”.

La muchacha seguía mirándome fijamente, con su bolígrafo apuntando filosamente en la libreta donde acostumbra a anotar los pedidos, menos mal y mi hermana ya estaba decidida a pedir la suya con pernil y saltó a contestar mientras yo seguía como una estatua.

De pronto, sentí un alivio: “yo quiero la misma que mi mamá”, dije finalmente.

No sabes lo que es esa cachapa. Es perfecta.

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El queso estaba fresco. La cachapa era de puro maíz, con el toquecito justo de dulce. La traen con un mini potecito de nata para que le pongas por encima. Es deliciosa, es reconfortante, es lo que una familia necesita cuando las noticias no son las que esperaba.

Mi hermana cuenta que la de pernil es alucinante.

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El día estaba hermoso, la brisa refrescaba el ambiente, las cachapas nos cambiaron el humor.

Me puse a pensar en el examen de mi bella madre y en el resultado. De pronto recordé una cita que me gusta mucho y que se ha convertido casi en una oración diaria para mí:

“La vida es una serie de problemas. En la medida en que disfrutes resolverlos, realmente disfrutarás vivirla”

Steve Babcock

No sé si fue la cachapa la que me ayudó a recordarla. No sé si es que la repito tanto, que emerge sola cuando la necesito, pero se me tranquilizó el corazón.

Es un trago amargo para las tres, pero después que lo pasemos solo quedará el recuerdo, y quedará, como siempre, una Caracas compañera. Una Caracas que jamás abandona.

Una Caracas que tiene infinidad de lugares donde ahogar las preocupaciones, donde celebrar las alegrías y donde comerse una cachapa que nos ayude a tener epifanías y a recordar lo que es verdaderamente importante.

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@paularussap