Una diligencia. Un libro. Un paseo

Cuando hago diligencias siempre voy preparada. En la cartera van los audífonos y un libro, para casos en los que haya que pasar mucho tiempo en una sala de espera. Ese día no fue la excepción. Me fui temprano en la mañana, con la misma intención de siempre y la que tenemos todos: salir rápido de eso. Pero, ahí estaba yo con nueve personas por delante. Mi compañera de ese día era la novela del venezolano Eduardo Sánchez Rugeles, Liubliana. Qué gran acierto. Las páginas se pasaban solas mientras Gabriel (el protagonista) me contaba de su adolescencia en Santa Mónica y entrecruzaba aquellos recuerdos con su presente en Madrid. La idea no es hacer spoilers (yo los odio), sino contarles que de pronto ya yo no estaba en aquella silla incómoda, ya no oía las voces de las personas hablando, ni el insistente infomercial que apenas se dejaba escuchar en el televisor de la esquina. Yo estaba en Liubliana. Estaba tan absorbida por la narrativa, que hasta agradecí lo mucho que se estaba tardando mi turno en llegar.

Estaba la trama en uno de sus más altos picos. Imaginen a Darth Vader diciéndole a Luke que es su padre y al fondo se escuchó a viva voz “Paula Russa”. Sentí que me habían cortado la respiración, que me habían despertado de la siesta en una hamaca a la orilla de la playa a las cinco de la tarde. Qué manera de interrumpir. Cerré mi libro con desgano. Como si yo hubiera ido a aquel lugar solo a leer y a más nada. Qué absurdo se puede llegar a ser a merced de un buen libro.

No tardé demasiado en salir, pero ya mi cabeza había maquinado una idea brillante “debo irme a un lugar tranquilo para seguir leyendo”. Estaba por las calles de La Carlota. Caminé hasta la principal pensando para dónde ir, hasta que lo recordé ¿cómo se me pudo olvidar Café Noisette? Y resolví mi itinerario. Una hora de lectura y luego a Chacao. Tenía ganas de ir al Mercado. Ese era el plan inicial.

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Me senté en las mesitas de adentro. Eran como las ocho de la mañana de un jueves, por lo que era lógico que estuviera vacío. Me senté, pedí un té negro con limón, retomé a Gabriel donde lo había dejado y lo hice marchar a gran velocidad por las páginas. Estaba completamente enganchada y desesperada por saber qué iba a pasar. Al rato me di cuenta de que no había desayunado, así que pedí la cesta de pan y croissant, que viene acompañada de mermelada y mantequilla. Cuando el mesonero me trajo lo que pedí me di cuenta de algo: jamás me había sentado a desayunar leyendo en algún lugar. Qué buena manera de descubrir un nuevo pequeño placer.

Si no han ido a Café Noisette, les recomiendo que vayan pronto. Se sentirán como en otra época. Como si estuvieran dentro de una foto sepia.

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Ahí todo es delicioso. Si van en la mañana pidan esa cesta, porque el croissant y el pan siempre están frescos. Para el almuerzo tienen un plato del día, también son famosos por sus crepes, pero yo siempre pido “Tartine Pistou” (bruchetta de pesto) que es un pan campesino muy tostado con salsa pesto, rodajas de tomate y queso mozzarella, acompañada de una ensalada fresca de lechuga, rúcula, pepinos, rábanos y una vinagreta sencilla. Y si quieren merendar hay varias opciones, pero yo me quedo con el fondant de chocolate y crema. Cuando se lo traigan a la mesa van a entender por qué jamás se me ocurriría pedir otra cosa.

Mientras desayunaba concluí que al terminar pediría la cuenta y seguiría con mi programa para ese día, pero Gabriel no me dejaba. Era como si se hubiera estado inventando nuevos conflictos para tenerme amarrada en la silla por horas. Así que nada. Pedí un agua con gas y sucumbí.

A eso de las 12:30 del mediodía empezó a llenarse (como ocurre todos los días) y no me pareció lo mejor seguir ocupando la mesa. A veces uno tiene que poner a los protagonistas de los libros en segundo lugar. Pobre Gabriel. Me tocó dejarlo a oscuras, pagar y salir. El plan seguía en pié. Próximo destino: El Mercado de Chacao.

Llegué a Altamira (tenía que pasar por un cajero) y empecé a subir por la Luis Roche. Tenía ganas de caminar. Me encanta caminar. Hacía muchísimo calor y el sol estaba picante. Me detuve en la esquina de la CAF con mucha sed a pensar y recordé que en la siguiente cuadra está Franca. Unas flores de Jamaica con hielo me refrescarían bastante y le darían la oportunidad a Gabriel de seguirme contando.

Allá las tortas son muy ricas, pero yo como soy chocolatera jamás pido coffee cake. Siempre pido una torta de chocolate que tiene croutones tostados de torta por encima. Sin embargo, ese día no iba con intenciones de pedirla porque ya era hora de almorzar. Me senté con mi té helado y seguí leyendo. Me llamó la atención que junto a mi, una mujer joven escribía en un cuaderno. No me sorprendió que escribiera, me sorprendió que no fuera en una laptop o en una Tablet, sino que de su puño y letra emergían palabras, como si éstas hubieran estado encerradas por siglos en aquel bolígrafo. Y fue cuando pensé que ella, al igual que yo, quizás estaba buscando lugares tranquilos donde pudiera sumergirse, por un rato, en un mundo que no fuera este. Fue cuando dejé a Gabriel por un instante y me distraje en la página de su cuaderno toda manchada de tinta azul.

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De pronto sentí hambre. Aunque estaba todavía en Franca no me provocaba almorzar ahí, así que salí y no había nada qué pensar. On The Wok queda justo al lado.

Tenía tiempo sin ir, así que no sabía con qué me iba a encontrar. Me alegró ver todo exactamente como lo recordaba. Pedí unos tallarines con salsa Teriyaki, brócoli, coliflor, calabacines, repollo, zanahoria y piña ¿Piña? Sí. Piñas en la pizza, no. Piñas en el wok, sí. Sencillo. La combinación es bastante contrastante. Me gusta encontrar dulce, dentro de lo salado y en la comida oriental esas mezclas suelen funcionar muy bien. Ellos entregan el pedido con un tenedor desechable, pero si se te ocurre preguntar si tienen palitos, ellos los sacan de un escondite secreto y te los dan. Si les gusta comer tallarines con palitos chinos, pídanlos en la caja.

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Terminé de comer y vi la hora. Demasiado tarde para ir al mercado, demasiado temprano para regresarme a mi casa. Parecía que el libro me había puesto en un estado mental muy ágil, porque se me ocurrió ir al cine en el Centro Plaza. Primera desilusión del día: está cerrado por remodelación. Aunque esa es una buena noticia. Bueno, nada. No hay que hacer esperar a Gabriel.

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Salí por la parte de atrás del Centro Plaza, vi para un lado y para el otro y me encontré con Arábica. Ese lugar tiene años allí y yo había ido una sola vez, hace un montón de tiempo. Me dije “un té, un postre y el libro”. Nada mal.

Al entrar hay una nevera hermosa con las tortas más increíbles que se puedan imaginar, pero lo mío (como dije arriba) es el chocolate. Unos muffins negros como pequeñas panteras estaban en el primer tramo.

Se veían imponentes, majestuosos. Una leve pinta de dulce de leche se asomaba por los lados, lo que indicaba que eran rellenos. Era eso. Me senté, pedí el té relajante que aparece en la carta y el muffin “de brownie” (así lo llaman ellos). El té muy rico, era una mezcla de toronjil, malojillo y otras hierbitas. El muffin no tuvo la misma suerte. No me gusta hablar (mucho menos escribir) mal de nada, pero si algo les puedo recomendar es que mejor pidan otra cosa y después me cuenten qué tal les fue.

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De regreso a casa, ya cansada, con calor y algo desilusionada por el fracaso de un postre que no puede terminar de comerme (cosa que jamás me pasa) decidí tomar un taxi. El señor me dijo que se iría por El Cafetal, porque por la autopista había demasiada cola. Como yo iba leyendo, no se qué le pasó, me dijo que se había equivocado y cuando alcé la mirada estábamos en la Prados del Este. Despejada. Ni un solo carro. Como si fuera primero de enero.

Eso es lo que me gusta de Caracas. Tienes unos planes y la ciudad te los va cambiando. No logré ir al Mercado de Chacao ese día, pero de regreso a casa y sin nada de tráfico en la autopista, Gabriel me contó el final de Liubliana.

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@paularussap