Un pedacito de Italia en Caracas

En Caracas hay miles de lugares para almorzar delicioso, pero solo hay uno donde puedes ir en blue jeans, pagar lo justo, comer pasta como si estuvieras en Italia y sentirte como en casa de tu abuelita. Se llama Da Gaby y Tony y es la puertita que está al cruzar a la derecha, justo después de la EFE (hace muchos años los helado CLUB) y antes de Pantrys Del Este. Sí, sí ahí donde está un señor con un gran sombrero negro ayudando a los conductores y futuros comensales a estacionar junto a la acera… Sé lo que estás pensando. Tienes razón, aquí está la dirección: Calle Andrés Galarraga, con Esquina El Samán. Chacao.

Cuando entres te vas a encontrar con una gran fila de personas esperando. Si eres de los que no te gusta esperar mucho puedes llamar al 0212-2668290 y reservar una mesa, pero tienes que llegar a tiempo porque en un segundo la pierdes. Yo que me caracterizo por ser impuntual cuando no tengo horas de entradas ni de salidas, prefiero no reservar. Prefiero más bien esperar un ratico y disfrutar de la experiencia como debe ser: explorando las mesas, viendo el juego de fútbol europeo que están dando en la tele ubicada en el fondo, oliendo la exquisita e intoxicante salsa nápole y la albahaca más fresca y, por supuesto, espiando todos los platos que salen, no vaya a ser que muera de la envidia más tarde, cuando llegue mi pedido.

Como tengo varias años ya yendo para allá, en la caja me recibe Félix con un cálido “¡Chama! ¿Cuántos?” y al cabo de pocos minutos pronuncia un “Paula” enérgico que me produce una felicidad indescriptible. A veces me toca de ese lado del salón y otras (como esta vez), al pasar el gran afiche del Míster Venezuela y Míster Universo Sandro Finoglio, que se encuentra orgullosamente guindado en la pared. Mi mesa es una de las que está frente a la gran máquina de café, que desprende el olor al auténtico espresso y siento que estoy exactamente donde tengo que estar.

                    gaby-y-tony-1 gaby-y-tony-2

Una de las cosas que me gusta de ir para allá son los mesoneros. Varios señores que tienen toda la vida atendiendo con paciencia, destreza y sabiduría a los clientes. Me gustan las mesas: en mantel amarillo, los vasitos pequeños, los cubiertos de siempre y la bandeja con el servilletero, la sal, la pimienta y el aceite. Me encanta ver a Gaby y a Tony deambular ajetreados entre las mesas, prestando la ayuda que puedan, para que nadie salga insatisfecho. Y me fascine el menú. El mismo. El de siempre. Dos páginas repletas de opciones: lengua, milanesa, minestra, acelgas, plátanos, pastas de todos los tipos con salsa bologna, nápole, pesto y crema, las famosas croquetas de pescado que siempre he querido pedir y jamás me atrevo, papas fritas, ensalada césar, pasticho. Lo cierto es que no hay manera de equivocarse. Jamás he escuchado que algo haya salidos mal, que un plato haya estado feo, insípido, mal cocido, frío. No hacen falta las impecables filipinas blancas, ni los chefs de renombre, ni las copas de cristal, ni la decoración de tendencia. Todo ahí es perfecto.

gaby-y-tony-3

Lo primero que hacemos al ser atendidas mi hermana y yo, es pedir las cervezas más frías que tengan y nos las traen sin engañarnos. Está heladas y los vasos también. Nos traen también la carta, una botella de vidrio con agua, una cesta de pan, un poquito de mantequilla y todo mágicamente empieza a suceder.

En la tele están pasando un resumen de los atletas de los olimpíadas. Una medallista de salto alto muestra sus habilidades para correr en tres zancadas y volar sobre la barra horizontal, sin siquiera rozarla. Recuerdo que tengo el menú frente a mí y lo abro como pretendiendo no saber qué voy a pedir. ¿A quién engaño?

Pedimos la segunda cerveza y una entrada. La mejor entrada: ensalada de rúcula con parmesano. Sencilla y perfecta. El leve amargo de las hojas, el arenoso y madura sabor del parmesano rayado en hebras gruesas. El tipo de preparación que me hace recordar que en la cocina, como en la moda, menos ciertamente es más. Qué divina. Qué elegante.

gaby-y-tony-4

Ya estamos listas para pedir. Después de haberme leído una vez más toda la lista y estando casi convencida de que voy a pedir algo distinto, miro al señor y mis labios pronuncian lo de siempre: lingüinis nápole y pesto. Clásica, tradicional, para algunos hasta aburrida y predecible. No me importa. Sé que me voy a comer el MEJOR plato de pasta de la ciudad y no titubeo. Mi hermana hace prácticamente lo mismo: ñoquis bologna y pesto, a pesar de ser una aventurera, de querer siempre innovar, probar y sorprenderse. El señor no anota, pero no me preocupa. Ellos nunca se equivocan. Puedes llegar con doce personas a comer y los mesoneros siempre sabrán qué pidió cada quien.

              gaby-y-tony-5 gaby-y-tony-6 gaby-y-tony-7

 Otras de las maravillas de Da Gaby y Tony es que no hay que esperar demasiado por los platos. Una vez que pides llegan deliciosos y humeantes. Ahí están, espolvoreados con parmesano rayado, esta vez de la forma más fina.

El pesto es increíble. No hace falta probarlo para saber exactamente a qué sabe. Su perfume lo delata. Me hace pensar en lugares en los que no he estado y me digo “así debe oler Italia”. Tomo el tenedor y con pericia trato de enrollar una cinta de lingüini del centro del plato para asegurarme de que la salsa nápole y el pesto se abracen y estén bañados por la cantidad necesaria de parmesano, creando un perfecto bocado. Me olvido de todo, hasta de los cincuenta mejores restaurantes del mundo con los que a veces sueño que visito.

La experiencia que empieza siendo casera y familiar, se convierte en algo meramente culinario. Ni mi hermana ni yo pronunciamos palabra. Ella sabe que estoy comiendo feliz. Yo se que ella está disfrutando su almuerzo. Ir para allá siempre es la decisión correcta.

Cuando el señor se lleva los platos ya vacíos y viene a hacer la pregunta de rigor “¿postrecito?” La respuesta siempre es “sí, Tiramisú, por favor”. El mejor del MUNDO. Pero estamos antojadas de helado. Voy a ser sincera, si ya han ido a Da Gaby y Tony y conoces el Tiramisú, tienes mi permiso para elegir el postre que quieras. Pero si no lo has probado tienes prohibido salir de ahí sin pedirlo. Cometerás el error de tu vida si lo dejas pasar. Como nosotras sabemos que es lo mejor que nos puede pasar en la vida, podemos cambiar la tradición.

Siguiente destino: Gelato Mío de la Trinidad… Por supuesto. Después de un almuerzo tan italiano, no podemos cerrar con cualquier helado.

          gaby-y-tony-8 gaby-y-tony-9

Al llegar me dirijo a la nevera a ver los sabores. Hay muchos. Todos se ven increíbles, dibujando crestas de terciopelo frío dentro de los contenedores de acero. Yo no puedo pasar por alto mi obsesión: tinita de chocolate y bacci. Mi hermana, muy parecida a mí, pide barquilla de chocolate y gianduia. La fórmula infalible: chocolate puro y oscuro más otro sabor que sea chocolate con alguna otra cosa. Qué fascinantes son los helados de ahí. Los sabores se diferencian uno del otro, aunque ambos se ven casi del mismo color. La textura es suave y cremosa.

       gaby-y-tony-10 gaby-y-tony-11 gaby-y-tony-12

Con cada bocado me queda la sensación de haberlo hecho bien. De haber elegido un plan perfecto para almorzar un sábado en Caracas. No me queda más que buscar otros lugares dónde ir, platos qué probar y la emoción de saber que esta ciudad me está esperando.

                       gaby-y-tony-13 gaby-y-tony-14

Esta entrada esta marcada en Caracas.
@paularussap