Su Cumple Feliz Con El Churrasco de El Alazán

En todos los artículos hago una confesión. Acá va la que le corresponde a este texto: no soy muy fanática de cumplir años. No me gusta organizar fiestas para mí, ni tener que pensar en qué me voy a poner ese día.

Tengo que ser honesta y decir que de un tiempo para acá (y porque ahora Raúl organiza todo y me sorprende siempre con algo lindo) lo he disfrutado más, pero hace varios años solo le pedía a mi mamá y a mi hermana que me llevaran a comer a un sitio lindo y listo. Sin bombos, ni platillos.

Ah, pero los cumpleaños de las personas que quiero son otra historia. Eso ME ENCANTA. Me fascina regalar, me gusta ver cómo el(la) celebrado(a) rompe el papel, para descubrir lo que con tanto pensamiento elegí, y me gusta que mis amores sonrían, que sean felices.

También me gusta pensar en lo que vamos a hacer. Me gusta elegir un lugar que pegue con el(la) cumpleañero(a) y este martes no fue la excepción.

Sí, el 15 de enero cumplió Bebo. Fecha complicada, dado que todavía tenía el arbolito de Navidad armado en la casa y me seguía resonando “qué te pasa viejo año, qué te pasa, que ya tienes tus maletas preparadas” en la cabeza… Y eso no ayuda.

Lo primero que hice fue desarmar el arbolito y escuchar otras canciones, como para ponerme en el mood del cumpleaños y cuando vine a ver, ya la fecha la tenía encima.

Al principio sentí que no iba a ser fácil porque Bebo es uno de mis principales cómplices en estos paseos por Caracas. Me di cuenta de que todos los sitios a los que ya yo había ido y que me habían parecido espectaculares, él también los había visitado. Entonces ¿qué hacer?

La respuesta era sencilla. Pero como siempre, lo que tenemos en la punta de la nariz es lo que más nos cuesta ver.

Después de pensar y pensar y pensar, después de visitar la página de DeGusta, la cuenta de Instagram Gastro No-Mía, usar hashtags, investigar todas las listas de restaurantes de Caracas y sentir que no hallaba la solución, entendí que la respuesta era volver a lo básico y eso, a veces, no es tan fácil.

Lo primero que tuve que hacer fue desprenderme de todo tipo de egoísmo y egocentrismo, dejar de buscar lugares a los que yo hubiera querido ir y entender que este era SU cumpleaños, que acá lo importante era sorprenderlo y celebrarlo a él.

Cuando llegué a esa conclusión, sentí un gran alivio. El enorme universo de lugares para comer que tenemos en nuestra ciudad, de pronto, pasaron por un afilado y muy fino embudo, dejando solo la pulpa de restaurantes que a él podrían interesarle.

Luego pensé en todos aquellos programas de Food Network o series de Netlfix de comida que hemos visto juntos y recordé cuándo es que sufre más, cuándo se desespera más, cuándo se antoja más. Lo recordé fascinado viendo gigantescos cortes de carne muy bien sellados en su exterior y rojos por dentro (de esos que yo jamás me atrevería a comer, pero que me fascina que él pruebe).

Cuando ya se define el tipo de comida todo es más fácil, pero elegir un buen restaurant de carnes en Caracas no es tan sencillo. Hay como “chorrocientos”.

Volví a mi investigación y, como un agente secreto, empecé a escribir de todo en el buscador de Google y en la lupita de Instagram, buscando EL lugar. Todo apuntó a una misma dirección: Av. Luis Roche, entre 5ta. y 6ta. Transversal – Altamira – Caracas. El Alazán.

Hice la reservación la semana pasada, para dos personas, a las siete de la noche. Bebo no sabía para dónde iríamos y eso me daba un poquito de ansiedad. Yo sabía que le encantaría, pero igual tenía un sustico en el estómago.

El carro tomó la subida que conduce hacia la Cota Mil, de pronto se fue desplazando hacia la derecha e hizo su parada en el restaurante. Cuando le vi la cara a Raúl lo supe. Una sonrisa tímida y dulce, no por El Alazán, sino porque le gustó sentir que lo conocía, que había estado atenta a todos sus “uff” viendo aquellos programas de cocina.

El sitio estaba tal y como lo recordaba (ah sí, yo ya había ido hace unos años). Es enorme, con una luz tenue y varios ambientes. Para ser un martes, tenía la suficiente cantidad de comensales como para sentirnos en buena compañía y la atención, desde que cruzamos la puerta, fue calidad pero con elegancia.

Las botellas de vino decoran el lugar y el olor a las brasas te hacen pensar en una sola cosa: un tinto, tempranillo, español.

Con la primera copa brindamos por el cumple, por lo feliz que soy de celebrarlo con él y empezó nuestra fiesta.

Una de las mejores conversaciones y la que siempre nos gusta tener, es esa donde vemos los platos que llevan a las otras mesas y comentarlos. Así hicimos.

Somos pésimos tratando de ser disimulados. Buceamos platos y mesas con descaro, para estar seguros de que lo que vayamos a pedir sea tan o más atractivo que lo que nuestros vecinos pidieron.

Para empezar, pedimos arepitas con nata y queso asado, porque no queríamos que la noche se terminara tan temprano.

Entre copas de vino, arepitas y cuentos, empezó a ocurrir un fenómeno que a cualquiera podría parecerle cómico, pero que a mí me derrite, y es ese en el que Bebo revisa la carta dos millones de veces y en cada una de ellas dice que va a pedir algo diferente.

Es una especie de indecisión encantadora. Es como si quisiera ser Alf, aquel personaje de la famosa serie de televisión que parece más un perrito que un alien y que tiene no uno, sino siete estómagos.

Al ratico recuerda que eso no es posible, siente una profunda decepción que le dura como dos segundos y sigue con su recorrido por el menú, hasta que un hambre feroz lo ataca, no le queda más que lanzarse y que sea lo que los dioses del sabor quieran.

“Churrasco de solomo”, dijo. Ya su elección final estaba hecha.

1

La pidió término medio y este fue el resultado:

2

Estaba feliz. Contento. Cumpleañero.

Yo, como ya debes saber, me fui por las ensaladas. La César de berro.

3

Full de parmesano por encima, recién hecha, con el berro fresco y tan crocante como una galleta verde y muy ligera.

Y una ración de papas fritas porque sí.

4

A bebo le pasó conmigo, lo que nos pasa con las otras mesas. Cuando vio mi ensalada sintió celos. Sin decirme nada, llamó al mesonero y pidió una exactamente igual para él.

5

La comida estaba deliciosa, pero lo más lindo fue ver a Raúl en su elemento. Verlo ser su propio Guy Fieri, sin tener que envidiar al famoso cocinero.

BONUS TRACK: segunda confesión. Visité la carta de los postres. Sentí que tenía que pedir la crepe flambeada, pero Bebo me hizo recapacitar, haciéndome recordar que en casa nos esperaba una marquesa de chocolate que yo le había hecho para cantarle cumpleaños (porque a él le gustan los postres fríos), pero me quedó esa tarea pendiente para otra visita.

De regreso, como siempre, me puse a pensar en sabores, en amores y en Caracas. En cómo esta ciudad ha sido el escenario de tantos cumpleaños, de tantas experiencias culinarias y de cientos de citas con Raúl.

Enero arrancó con un cumpleañero feliz y qué suerte tengo de que sea, como yo, un caraqueño.

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@paularussap