SPOILER ALERT: La Paella De La Cita

Tuve que empezar por el final, no pude evitarlo.

Y es que cuando se descubre un lugar nuevo y la experiencia es alucinante, el primer recuerdo que salta a la mente es el más obvio.

Mientras estoy escribiendo esto me está pasando. Recuerdo haber almorzado como si me hubiera sentado a comer con Zeus en el Olimpo, pero los detalles se van haciendo más claros a medida que voy dejando que ese sentimiento se calme.

La Cita queda en La Esquina De Alcabala, en La Candelaria y es casi un emblema de Caracas. Muchas personas, incluso mi mamá, me habían hablado de ese lugar, pero la recomendación que más recuerdo es la de mi querido amigo Chacho. Recuerdo su amplia sonrisa y sus cejas expresivas explicándome dónde quedaba, qué pedía, lo bien que la pasaba.

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Chacho se fue hace algunos meses a Argentina y como lo extraño tanto, quise acercarme a ese vívido recuerdo que todavía tengo de él, yendo a uno de los lugares de Caracas que le gustaba.

Al llegar pedimos lo que se pide en una tasca: birras heladas. Y con ellas llegan las mejores conversaciones. Esos son detalles que hay que valorar. Que una familia se siente a hablar de cualquier cosa, que los temas y los cuentos no se terminen, que los celulares estén en las carteras o en los bolsillos es algo que me gusta reconocer en nosotros.

Lo bonito de La Cita es que inmediatamente te hacen sentir como en casa. Es esa forma de atender que tienen las personas que han trabajado por años en el mismo lugar, haciendo de su oficio una magia. Como si la alquimia no solo se tratase de convertir los objetos en oro, sino de convertir una cesta de pan en un evento memorable. O de servir una delicada terrina de atún que “va por la casa” y darnos el tiempo necesario para decir qué pedir, sin anticipar que ya estábamos todos convencidos de que la opción sería una Paella.

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Entre terrina, pan fresco, cervezas frías y risas pasaba el tiempo. Bebo me hizo recordar que cuando hice la reservación me dijeron que la Paella tardaba un poco (una hora más o menos), por lo que nos apresuramos a pedirla, para que se fuera haciendo.

El tiempo fue el perfecto. A la hora exacta vimos movimiento. Del fondo de la tasca venía un señor trayendo la gran paellera que exhalaba un humo denso con olor a mar. Éramos siete personas y nos recomendaron pedirla para cuatro, pero por la dimensión de la fuente caliente, parecía que habían preparado un arroz como para doce.

El señor afirmó, levantando la paellera, que habíamos hecho el pedido correcto y que ellos no se habían equivocado: “esta es la de cuatro personas” y se echó a reír, como dándonos a entender que era, sin duda alguna, una exageración.

De pronto llegó otro señor con el aceite de oliva, la pimienta y el jerez, para darle los últimos toques a lo que parecía un hermoso festín del mar.

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Nos sirvieron porciones enormes a todos y la paellera se veía intacta, como si hubieran puesto, allí donde estaba, una nueva.

Antes de probarla me quedé admirando mi plato. Estaba a punto de comer todos los manjares que el mar esconde. Estaba a punto de degustar no solo el ensamblaje y la preparación perfecta, sino la labor de pescadores que se pierden días en altamar.

Esos pensamientos se adornaban con el más brillante nácar de las conchas, que guardan un tesoro más valioso que las perlas, porque nos regalan un sabor parecido a esas gotas de agua salada que quedan en la boca, después de habernos dado un baño en alguna playa.

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Y esa sensación se completa cuando el acento del jerez, del azafrán y del aceite de oliva se mezclan para sentir, en el paladar, la voz de un gitano, o el zapateado de una bailaora de flamenco.

Razón tenía Chacho, es un lugar espectacular.

En aquella silla de una tasca que queda en La Candelaria, me sentía como en mi Margarita, esa isla que conozco como la palma de mi mano. A la vez estaba en España, ese país que no conozco y que se me hace tan familiar. Pero también estaba en Argentina, con mi amigo, contándole que había estado en La Cita.

Extrañar y recordar a veces pueden ser la misma sensación. Y a veces la segunda es el único remedio para calmar la primera.

Otro remedio para la nostalgia y para celebrar a los amigos que se fueron es el postre: Crema Catalana.

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Todavía no sé si lo más sabroso de la Crema Catalana es la Crema Catalana, o el sonido que hace la capa de azúcar quemada cuando el reverso de la cuchara la quiebra. En todo caso, hay que pedirla. Es la única forma de ponerle punto final a una Paella.

Mientras el sabor dulce me inundaba las papilas de felicidad, veía a mi alrededor. Veía a mi familia. Veía lo dulce que es tenerlos. Veía lo rico que es compartir con ellos una Paella, una Crema Catalana, una esquina de La Candelaria, un pedacito de Caracas.

Ese sabor dulce me hizo pensar en los amigos que se fueron. En los amigos que aún están aquí. Me hizo pensar en viajes. En lugares que conozco y en lugares que quiero conocer.

Y todo eso gracias a Caracas. Una ciudad que tiene La Esquina De Alcabala, que tiene una tasca llamada La Cita, que tiene una deliciosa Paella y sillas donde no solo te sientas, sino que vuelas hasta los mejores recuerdos y hasta los más grandes anhelos.

Eso no es poca cosa. Caracas no es poca cosa.

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@paularussap