Spa, ensalada y chocolate

Hace una semanas me puse a pensar en el tiempo. En cómo de pronto pasan veinte años sin que uno se de cuenta. Y es que veinte años se dice fácil, pero lo cierto es que si tu memoria es buena (como es la mía) podrás darte cuenta de que en ese período de tiempo pasan muchísimas cosas importantes, que hasta llegan a cambiar el rumbo de tu vida.

En veinte años alguien puede graduarse de la universidad, conocer el mundo, volverse famoso, tener un hijo y hasta dos, cambiar de carrera, ganar un premio… Puede pasar de todo.

En mi familia estos últimos veinte años tienen un significado especial. Era el aniversario de afrontar las dificultades, de haberle dado la batalla a cualquier tipo de problema y, aunque con errores y caídas, haber ganado.

Veinte años se dicen fácil, pero se viven entre momentos alegres y otros que no lo son tanto. Lo cierto es que ya pasaron y aquí estamos. Mi bella madre, mi hermana y yo seguimos luchando juntas, siempre viendo al frente y por eso quisimos celebrar este aniversario.

Una idea excelente: ir las tres a un spa.

Aida, una amiga de mi hermana nos recomendó un lugar que no teníamos idea de que existía llamado Corphus Menti Centro de Salud (@crophus_menti en Instagram) que queda en La Hacienda La Trinidad (solo que la entrada es un poco más adelante).

Cuando me metí en su Instagram a investigar me di cuenta de que hay de TODO. Masajes, cosmetología, osteopatía, meditación, yoga, sauna, jardines, exfoliaciones y un montón de otras cosas que vas a ver en la cuenta y que puedes preguntar llamando a los teléfonos que aparecen en su bio. Es como un lugar salido de un cuento de hadas para adultos estresados, que necesitan desesperadamente una pausa. Sin duda, era el lugar perfecto para celebrar este aniversario.

El asunto es así: llamas, te hacen un presupuesto por lo que quieras hacerte, haces la transferencia y te pones de acuerdo con ellos para la fecha en la que vas a asistir.

Nosotras elegimos un paquete que incluye sauna, baño de vapor, bañera de hidromasajes, limpieza facial, pediluvio y masaje relajante.

La cita quedó para el sábado y la noche del viernes casi no dormí de lo emocionada que estaba. Me desperté contenta, alegre.

Llegamos y el sol de la mañana hacía que todo se viera como un paraíso.

El lugar es de verdad espectacular. Una casa rodeada de naturaleza.

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Nos recibieron con mucha amabilidad y nos hicieron atravesar un bello jardín, en el que hay un caney donde se dictan las clases.

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Ya adentro, nos dieron un locker, nos pidieron que nos cambiáramos (ah sí, hay que llevar traje de baño y cholitas) y empezó lo que ellos llaman el circuito.

Primero pasamos a darnos una breve y deliciosa ducha, para eliminar cualquier tipo de producto que tengas en el cuerpo como cremas, maquillaje, etc.

Inmediatamente nos pasaron al sauna. Era una habitación muy pequeña con asientos de madera, donde el agradable calor te ayuda a olvidarte de cualquier preocupación.

Al salir, nos hicieron ducharnos durante diez segundos con un agua helada y muy refrescante, para pasar al baño de vapor.

En un cuartico más iluminado y con ventanales que dan hacia el jardín, el vapor me iba relajando todo el cuerpo, hasta el punto de sentir un poquito de sueño de lo delicioso.

Luego volvimos a la ducha helada de diez segundos, para pasar a la bañera de hidromasajes.

Una amplia tina, con salidas de potentes chorros de agua por todas partes y un cañonazo de burbujas justo en el cuello. Yo me fui aflojando tanto que quede prácticamente sumergida, escuchando el relajante alboroto que hacía el agua.

A todas estas, ya yo no sabía dónde estaban mi mamá y mi hermana. Nos habían separado de tal forma que todas estuviéramos recibiendo un tratamiento diferente.

De ahí me pasaron al facial.

Confesión: jamás me había hecho un facial. Me encantó, me fascinó y, aunque duele mucho, me lo voy a volver a hacer, como me dijo mi cosmetóloga, dentro de tres meses.

Al salir del facial, una muchacha me dijo “espera en el jardín que ya te van a venir a buscar, para el siguiente tratamiento” y ahí me senté un rato.

Mira qué espectáculo.

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El sonido que hacían los árboles cuando los acariciaba el viento, se mezclaba con el cantar de distintos tipos de pajaritos, mientras semillas y frutos caían estrepitosamente en la grama. Un concierto, una sinfonía para mí sola.

Al ratico vinieron por mí. Era tiempo de hacerme el pediluvio.

Pediluvio es un tratamiento por medio del cual eliminas toxinas a través de los pies. Lo impresionante es que los sumerges en una tina de agua, a la que le ponen unas sales y un dispositivo eléctrico. El agua, repentinamente se va poniendo de varios colores y esos colores van revelando cuáles son las toxinas que estás eliminando.

A cada persona le salen colores distintos. A mí me salieron varios: naranja, marrón, blanco, verde.

Cada uno de esos colores representa, como dije, una toxina. Yo las tenía casi todas: cansancio, fatiga crónica, insomnio, articulaciones, pulmones.

Eso no significa que estoy enferma, ni nada por el estilo. Significa que tengo esas toxinas en mi cuerpo y con el pediluvio las voy eliminando. De hecho, las terapeutas recomiendan que uno se haga catorce sesiones de pediluvio un día sí y uno no, para eliminar por completo todos esos colores. Me interesa mucho hacerlo. Estoy buscando el tiempo para ir consecuentemente, porque me impresionó mucho ver la cantidad de cosas que uno va acumulando sin darse cuenta.

Finalmente fue el turno del masaje relajante. Vino a buscarme mi terapeuta y me llevó por un caminito de piedras, que conducían a la parte alta de una colina. Ahí había un caney con telas que guindaban del techo, música relajante y toda la naturaleza escondiendo aquel pequeño lugar que solo había visto en películas y que no tenía idea de que existiera aquí.

El masaje duró una hora aproximadamente y me impresionó la capacidad que tiene el cuerpo de distenderse y la capacidad que tiene la mente de desconectarse. Ahí estaba yo, en medio de un bosque, escuchando el sonido de mi respiración.

Fue alucinante.

Cuando se terminó el masaje sentí que era otra Paula y la misma. Era una mejor versión de mí. Y entendí que este es el tipo de regalos que tengo que darme más seguido.

Me encontré con mi mamá y Fer en el jardín ya listas para irnos. Las tres caminábamos, cada quien, en una nube.

En el carro, grandes silencios felices se interrumpían con frases como “qué divino”, “tenemos que volver” y “que bello ese lugar”.

Estábamos tan contentas que no queríamos que la tarde se terminara y decidimos hacer lo que mejor hacemos: elegir un sitio donde almorzar.

La Milanesa Caracas es un lugar que tiene algo de tiempo en el Tolón y unos pocos meses en el Paseo El Hatillo y ya que estábamos por estos (nuestros) predios, nos fuimos derechitas a El Hatillo.

Desde que íbamos en el carro ya estábamos pensando qué íbamos a pedir: ensaladas.

Mi mamá pidió La César Ensalada. Mezcla de lechugas, tocineta crujiente, trocitos de pollo a la plancha, mucho queso parmesano rallado y el típico aderezo césar con un leve cambio, porque este está hecho a base de yogur.

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Fer pidió La Cobb Ensalada. Lechugas, tocineta, huevo sancochado, aguacate y pollo crispy, con un aderezo de queso azul.

Y yo me fui por La Quinoa Ensalada. Varias lechugas, calabacines, auyamas y champiñones al grill, pelotitas de queso de cabra, quinoa y un aderezo espectacular de maní.

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Me encanta que sirven los aderezos aparte.

Para tomar, acompañamos nuestras ensaladas con dos papelones con limón y una limonada de pepino.

Ese día no pedimos milanesas, pero son espectaculares. Yo una vez probé la de pollo con vegetales y no lo podía creer.

Es importante preguntar por los tamaños y tomar en cuenta que la mediana es ENORME.

Luego de ese delicioso y saludable almuerzo no quedaba otra cosa que hacer, sino lo más lógico: pedir postre.

Cualquiera diría que de esa forma arruiné un almuerzo saludable, pero para mí es lo contrario. Justamente pido lechuga para no saltarme el chocolate.

En La Milanesa Caracas hacen un pie de caramelo con sal marina delicioso y una galleta con chispas de chocolate y una bola de helado espectacular, pero como ya esos los habíamos probado, decidimos pedir algo diferente y no nos arrepentimos.

El fondant de chocolate estaba perfecto. Tibio, esponjoso por fuera, decadente por dentro. Lo volvería a pedir una y mil veces. También trae una ración de helado, para que combines texturas y temperaturas.

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Terminamos de comer con la sensación de haber pasado el mejor día de estos veinte años. De haber celebrado la vida, la salud y el amor que nos tenemos como debe ser.

Al llegar a casa dormí un rato. Estaba feliz.

Cuando desperté me puse a pensar en la felicidad. En lo mucho que la sentimos y lo poco que nos damos cuenta… Y lo mejor de todo es que Caracas, aunque parece ser una ciudad de concreto solamente, siempre busca la forma de hacernos felices, solo hace falta que nosotros pongamos de nuestra parte y entendamos que esta ciudad tiene rincones para hacer de nuestra vida una más bonita.

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@paularussap