Sabores, colores y, por supuesto, pisco sour

A veces uno simplemente está en el lugar indicado, en el momento indicado, con el antojo indicado.

Desde hace tiempo mi hermana y yo teníamos ganas de comer comida peruana y ese día estábamos por Chacao, paseando con mi bella madre.

No había nada qué pensar, nada qué discutir, nada qué dudar. Era el momento de ir a La Tasca de Juancho, en La Calle Miranda.

Cuando llegues, no te dejes confundir por su fachada un poco vieja y su puerta cerrada. Estaciona tu carro junto a la acera, bájate y toca el timbre. Así hicimos y hemos hecho siempre.

Ya no recuerdo cómo descubrimos La Tasca de Juancho, pero fue hace tiempo ya y desde ese día hasta hoy, hemos ido en varias oportunidades. A veces con amigos a picar una que otra cosa, con viejos compañeros de trabajo, con la familia a cenar.

La experiencia fue totalmente diferente. Esta fue la primera vez que fuimos de día. No era exactamente la hora de almuerzo, eran como las cuatro y media de la tarde, por lo que fue perfectamente lógico que estuviera vacío.

Me sorprendió. No porque no me gustara que nos sintiéramos como las reinas del salón, porque así fue. Me sorprendió porque estoy acostumbrada a entrar a la Tasca de Juancho y no encontrar mesa de una vez, ni espacio en la barra para esperar.

Ese día fue distinto. La barra estaba en silencio y, a través de una ventana, se dejaba colar de la luz de una típica tarde caraqueña y el perfil de un transeúnte, que quizás se detuvo a tomar un descanso en su larga caminata por el Municipio Chacao.

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Al sentarnos en la mesa, con aquel mantel colorido que evocaba las tradiciones del Perú, y ver la cara de emoción de mi hermana y la de felicidad de mi bella madre, sentí como un respiro. Razón tiene ese famoso cliché en honrar las pequeñas cosas de la vida. “Soy afortunada”, pensé.

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A veces uno simplemente está en el lugar indicado, en el momento indicado, con la compañía indicada.

Cuando uno va a la Tasca de Juancho tiene que estar perfectamente consciente de que HAY que pedir una ronda de pisco sour, sí o sí. Es una tradición. Es un mandamiento. Es una religión.

Nosotras, que no somos para nada exageradas (*inserte tono irónico aquí*), los pedimos dobles. Sí, sí. Dos piscos en un solo pisco. Ese es un secreto muy valioso que descubrimos hace tiempo y es que puedes pedir que te traigan una copa grandísima, en lugar de una copa normal. Y así hicimos.

Miren esta delicia:

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Mi hermana, mi mamá y yo coincidimos que, de todos los tragos en el mundo, el pisco sour es el mejor. Y no hay nada mejor que tener cómplices en los favoritos, porque inmediatamente el grupo se convierte como en una cofradía, donde los integrantes comparten un secreto. Tienen algo que los identifica y de lo que nadie más forma parte.

Entre conversaciones, recuerdos y risas tuvimos que hacer lo impensable: pedir otra ronda.

“Bueno me tocará hacer más abdominales”, concluí cuando llegaron los piscos a la mesa y así hice. Y cuando digo que así hice, me refiero a que me tomé el segundo piso doble y al día siguiente mi hermana y yo hicimos como sopoto mil. Qué broma esta de querer comer sanos y de no pode decirle que no a unos piscos. Menos mal y existe el balance y esta idea increíble de no dejar de disfrutar de los placeres de la vida, sino de aprender a manejarlos.

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Entre más cuentos y secretos que solo nos podemos contar las tres, nos pegó el hambre. Y es que claro, si estábamos junto a la ventana de la cocina, por donde veíamos a una señora caminando de un lado para el otro, prendiendo fogones, picando ingredientes y preparando algo que olía demasiado bien.

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Llamamos al señor, ya decididas y le lanzamos una lista de cosas. Sí, una vez más nuestra exageración haciendo estragos, pero es que cuando uno quiere probar cosas, no queda más remedio que pedirlas.

Dos chupes de camarones, una causa, un ceviche vanguardista (ese es el que viene con crema de rocoto amarillo, que es así como picantico y ruedas de batata) y un pollo de la huerta, salteado con vegetales, arroz y papas fritas, solo que yo, con todo el dolor de mi alma, pedí que no me trajeran las papas, para seguir con mi propósito.

Mira el resultado de tan precisa elección:

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Todo estaba, como debes imaginar, delicioso. Nosotras somos de las que pedimos variado, para poder probar varias cosas.

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El sabor del limón se dejaba entrever, entre el aroma fuerte y dulce de la cebolla. Por allá el dulzor de la batata contrastaba con los ácidos y los picantes. El aguacate lo acompañaba todo, los vegetales crujían, el pisco resaltaba los sabores y un cilantro no se dejaba intimidar entre tanto festival, siempre orgulloso, de hacía notar sin ninguna timidez.

Qué delicia la cocina peruana.

A veces uno simplemente está en el lugar indicado, en el momento indicado, con los sabores indicados.

Creo que todavía tengo sueños con aquella mesa colorida, tan llena de alegrías y de amores. Y solo doy gracias por esos momentos que estoy segura de que son propios y únicos de Caracas.

Es que Caracas es así. Regala y regala, sin pedir mucho a cambio.

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@paularussap