Misenplas: el Narnia del sushi que queda en Caracas

Hace tiempo encontré en Instagram una cuenta bajo el nombre @misenplas. En ella, una chama joven, alegre, caraqueña y cocinera, mostraba fotos de su emprendimiento: platos de comida japonesa fusión que prepara ofreciendo servicio delivery o catering para eventos.

Siempre quise pedir delivery y nunca lo hice (no sé todavía muy bien por qué), hasta que un post anunció la apertura de algo parecido a un restaurant. Las reservaciones se hacen por Whatsapp, entonces pensé “ ajá, hay que reservar… esto seguro es súper caro, súper exclusivo… seguro hay que ir con tacones… seguro…”; saqué doscientas mil conclusiones, pero igual escribí.

Del otro lado, me respondía alguien muy amable. Alguien, que por el tiempo que tardaba en responder, dejaba notar que estaba ocupado(a), atareado(a), hasta que le pregunté su nombre. “Joanna Rutenberg” me contestó y supe que era ella.

Me llamó la atención saber que quien te responde los mensajes y a quien le haces la reservación es la misma persona que creó el concepto de Misenplas. La dueña y señora, la madre de la criatura. La misma que cocina, que prueba, que mezcla. La misma que se monta en una moto y rueda por toda Caracas, buscando ingredientes. La misma que recibe a las personas y, con una dulce sonrisa en el rostro, te explica orgullosa lo que ofrece. Pero me estoy adelantando.

Luego de aquella conversación por Whatsapp pasaron un par de semanas. A veces el trabajo, las diligencias, los nuevos proyectos hacen que se me olviden las otras cosas que quiero o que me gustaría hacer, pero a bebo no se le olvidó. Él sabía que yo estaba soñando con ir y, con motivo de nuestro aniversario, reservó sin decirme nada.

Cuando por fin me lo dijo, para que no cuadrara planes la noche de aquel jueves (ah sí, esta especie de restaurant solo abre los jueves y los sábados), brinqué, grité, me reí, lo abracé. No sé si he dicho esto antes pero YO AMO LAS SOPRESAS, y esta me gustó mucho.

Así fue como conocimos Misenplas.

Voy a empezar por explicar que la palabra “misenplas” viene del término en francés de cocina mise en place o “puesto en su lugar”. Supongo que Joanna quiso usarlo, pero de la forma en la que se pronuncia y no de la forma como se escribe. Pero más allá de mis suposiciones, lo cierto es que mise en place se usa en gastronomía para definir el conjunto de tareas de organizar los ingredientes y utensilios que se van a necesitar antes de empezar a cocinar.

Eso me puso a pensar en el significado emocional del término. Me puso a pensar en los colores brillantes de la cocina japonesa fusión. En la frescura, en el filo de esos cuchillos que cortan delicadamente un trozo de salmón, en sabores tan distintos que al mezclarse crean sensaciones nuevas, en texturas combinadas que convierten la simple y rudimentaria acción de comer, en una sensualidad que mucho me cuesta describir, porque creo que no tiene relación con ninguna palabra del castellano que yo conozca.

A todas estas, cuando yo digo cocina japonesa fusión, puede que te imagines roles de sushi, pero este no es el caso. Ya te cuento.

Por fin llegó el tan esperado jueves. Podría decirte la dirección pero no quisiera que te confundieras, porque tienes que buscar el teléfono en su cuenta de Instagram y escribirle por Whatsapp, para que sea ella misma quien te la dé. Además, eso le da más emoción, como si fuera una especie de speakeasy. Un lugar que tiene unas reglas y unas coordenadas que debes seguir, para que tu experiencia sea igual a como fue la mía.

Lo que sí te puedo decir es que es una quinta a la que le puedes pasar por un lado y no sospechar jamás que adentro se están preparando los platos más deliciosos de la ciudad. De hecho, estoy segura de que ya has pasado por ahí.

Cuando llegamos a la puerta un señor nos abrió como si viviéramos allí, sin hacer preguntas. Luego verificaron la reservación en una laptop y listo. Ya estábamos adentro.

Una casa grande, con jardines internos. Un clima caraqueño, la humedad de las plantas que adornan los corredores que te llevan al patio trasero.

En el trayecto nos encontramos con Joanna. Es tal cual como sale en las fotos: sonreída, emocionada, ocupada. Iba de un lado al otro y daba instrucciones. Intuí que es una de esas personas que cuida los detalles, que le gusta que todo salga perfecto.

La saludé como si la conociera, ella a mí también y comenzó a explicarnos.

Dijo que podíamos sentarnos donde quisiéramos, porque fuimos los primeros en llegar.

El jardín estaba iluminado por extensiones de bombillos que dibujaban líneas en zigzag. Como era de noche (abre a partir de las 7:00 pm) todo ya estaba oscurito, pero de día ese jardín seguro disfruta del frescor que dan las sombras de las altas y frondosas matas de mango. Te vas a encontrar con mesas como de picnic para grupos y grandes barricas de metal con sillitas altas para dos o tres personas. Bebo y yo elegimos la barrica.

Joanna sabía que en media o una hora el jardín y las mesas se iban a llenar de comensales, es por eso que se preparó (y así debe hacer siempre) con una cuadrilla de mesoneros atentos que se nos acercaron a preguntarnos qué queríamos tomar. Tenían sangría, cervezas frías, refrescos y agua. También nos trajeron el menú y nos explicaron en qué consiste todo: sushi burritos, sushi hamburguesas, sushidonas, sushi pizzas, poke bowls.

El menú no tiene los roles que conoces, y aunque eso lo vas a corroborar en su cuenta de Instagram, no lo vas a poder creer cuando te los estén describiendo.

Con la bebida no había discusión: birras frías.

Con el menú el panorama fue otro. Y es que ¿cómo decides qué pedir cuando el sushi es una de las cosas que más feliz te hace en la vida?

Como era temprano y el jardín se prestaba para pasar un rato sabroso, no nos preocupamos mucho por eso, sino por conversar, por mirar, por disfrutar.

La gente empezó a llegar y descubrimos que hasta te puedes llevar tu botella de vino o de lo que quieras y allá te hacen el descorche.

En un momentico las mesas se llenaron y la noche cayó por completo. Yo me sentía como en un cuento, en el que los personajes caminaban por el bosque y se conseguían una puerta. Algo así como Narnia, porque así como dentro de una casa hay un clóset que lleva a un mundo mágico, en Los Palos grandes hay una quinta que no sabes que existe y que te recibe para deslumbrarte. Y mientras todo esto estaba pasando, ni siquiera habíamos pedido.

Las cervezas y las conversaciones estaban espectaculares, pero cuando vimos los primeros platos salir al jardín llenando de emoción a sus dueños, no pudimos de la envidia y nos lanzamos.

Fuimos muy brillantes, porque decidimos pedir dos cosas distintas que pudiéramos compartir.

Bebo pidió el burrito llamado Tarrito.

Míralo qué bello es.

1

Yo pedí la Trufa Burguer.

Es LO MEJOR DEL MUNDO.

2

A la mesa te traen salsitas para que acompañes lo que pidas.

Bebo y yo no lo podíamos creer. Al morder sientes la suavidad del aguacate, pero de pronto algo cruje estruendosamente. Un sabor fresco besa la sal de la soya o el dulzor de alguna fruta. Raúl se reía y me hacía reír a mí. Por fin un lugar donde el sushi no se termina en el octavo rol. Sin embargo es probable que te quedes con ganas de probar otra cosa, como nos pasó a nosotros que pedimos, para compartir, el burrito llamado Nepturrito.

3

Qué perfección de lugar. Qué perfección de selección de platos. Qué imperfección que de pronto todo se termina. Hay un cliché que dice que ojalá los buenos momentos duraran para siempre y me apego a ese cliché con cemento.

La experiencia empieza desde que ves uno de los platos de @misenplas en Instagram. A partir de ahí todo lo que viene forma parte de su sabor: abrir el chat en Whatsapp, hacer la reservación, esperar el día y la hora, llegar a una casa como si fueras a visitar a un viejo amigo que no conoces, sentarte bajo el cielo escuchando los mangos caer estrepitosamente contra la grama, tomar algo, conversar con tus amores, enloquecerte decidiendo qué pedir, pedirlo con FOMO de haber hecho la selección correcta y finalmente morder, para darte cuenta de que lo hiciste bien. Que nada fue una equivocación.

Los mesoneros fueron intuitivos. Ellos sabían que estábamos por pedir la cuenta, pero que en verdad no teníamos ganas de irnos todavía y nos ofrecieron postre. Ese día tenían galletas de chispas de chocolate de @cacaoalcubo y como yo soy una despistada no le tomé fotos, por lo que no me quedó otra que tomar prestada una de ellos, para que veas esta delicia.

4

Y de pronto ya veníamos bebo y yo por la autopista de vuelta a casa.

Caracas no es Narnia, pero en algo se le parece: tiene puertas que conducen a lugares que no te esperas. Tiene heroínas muy jóvenes sin espadas, pero con un propósito de vida mucho más afilado. Caracas tiene matas de mango, gente que ríe. Caracas tiene esa capacidad de darle cabida a todo lo que te imagines y es en ese momento de epifanía que entiendes que puedes proponerte emprender cualquier sueño y saber que puedes hacerlo realidad.

Es verdad, Caracas no es Narnia, porque no es una ficción. Caracas es real y es, sin duda, el mejor plan.

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@paularussap