Halloween No Debería Ser De Chupetas y Caramelos, Sino De Cacao Al Cubo

Halloween es una fiesta que, para mí, no es tan nueva. Desde que era muy chiquita en el edificio donde crecí, todos los niños nos disfrazábamos y correteábamos gritando estrepitosamente por todos los pisos, tocando los timbres y cantando el siguiente verso:

“Din, din Halloween,

Quiero dulces para mí,

Si no hay dulces para mí,

Travesuras para ti.

Y una de esas es esta…”

Y como los monstricos que éramos, dibujábamos una gran equis con tiza, en las puertas que no se abrieran para darnos chucherías.

Lo que sí es más o menos nuevo, es el tema de los disfraces.

Cuando era niña, la fiesta de disfraces que de verdad los padres tomaban en cuenta era Carnaval, pero en Halloween eran los pocos fantasmas, brujas y diablitos. O salíamos con el mismo traje de la fiesta del Rey Momo (la odalisca, el Superman y la muñeca), o nos vestíamos con camisas de nuestros padres, vestidos de nuestras madres y nos maquillábamos tan espantoso, que no lográbamos asustar, sino producir una especie de ternura mezclada con risas.

No teníamos el tobito en forma de calabaza para ir recolectando los dulces. En su lugar, salíamos con bolsas de automercado y al regresar a casa, llegábamos con caramelos de fresa o aquellos marca “Piñata” de sabores surtidos y monedas de chocolate.

Pasado el tiempo, las cosas han cambiando. Ahora los niños pasan, muy ordenaditos, con sus lindos disfraces y sus tobitos. Y las familias reparten chuches más variadas: chocolaticos, chupetas con chicle, gomitas. Son otros tiempos.

Ya yo no soy una niña, pero confieso que me gusta mucho disfrazarme (aunque nunca lo hago). Me encantaría salir, como hace Heidi Klum, vestida de Thriller a una fiesta de Halloween, porque si he de disfrazarme quisiera hacerlo bien. Pero como no es el caso, me decanto por la otra parte divertida de Halloween: los dulces.

Este año me puse a pensar que si me voy a dar ese gusto, ¿por qué conformarme con una chupetica? Haber crecido puede ser una tragedia en Halloween… O no.

Y yo, como me la paso buscando qué cosas deliciosas probar, di con las “chuches” perfectas para celebrar la fiesta con la dignidad que los treintas se merecen.

Descubrí @cacaoalcubo el día que fui a @misenplas. En aquella oportunidad probé las galletas de chispas de chocolate, pero quedé picada y empecé a seguirlos en Instagram. Qué locura. Las fotos son una grosería, una barbaridad y lo mejor de todo es que no mienten, pero ya vamos para allá.

En la bio de su cuenta de Instagram tienen una dirección en La Trinidad, a la que nos lanzamos, sabiendo que de lunes a viernes cierran a las cuatro de la tarde.

Es una casa. Sin nombre. Sin marquesina. Sin aviso. No la encontramos a la primera y tuve que llamar a uno de los teléfonos que aparecen también en la bio, para informar que estábamos perdidas.

Atendió la voz de un hombre joven y amable, y me explicó algo que no sabía y que tú debes saber para que no cometas la novatada que cometimos nosotras: tienes que escribir por whatsapp, ellos te mandan el menú con los productos disponibles, tú haces el pedido, luego la transferencia bancaria por el monto que ellos te indiquen y, finalmente, pasas por la casita a retirar tus bolsitas.

Como dije, yo no sabía nada de eso. La voz joven me explicó bien cuál era la casa: “la que está justo frente al BOD”, dijo y agregó que siguiera los pasos que me había comentado, y que podía hacerle el pago cuando llegara a mi casa.

Confieso que me llamó la atención su confianza, su forma relajada de creer en mí. Ya, un pedacito de mi corazón, estaba enamorado de Cacao Al Cubo y ni siquiera habíamos llegado a la casa correcta.

Mientras la buscábamos, iba siguiendo los pasos: escribí por whatsapp, recibí la lista de las cosas que tenían disponibles y fui haciendo mi pedido: una bolsita de palitos, dos sanduchitos de galleta con helado, un sanduchito de brownie con helado y un Reese’s brownie.

Al minuto estábamos en la puerta de la casa. Es esta

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De pronto me sentí como aquella niña disfrazada de garabato en la puerta de una casa, esperando a que alguien la abriera para entregarme mis dulces.

Salió un muchacho. Era el dueño de la voz que me atendió el teléfono y que confió ciegamente en mí. Su nombre es Juvenal González y ahí me contó rapidito que es uno de los socios. Amable, sonreído, orgulloso de su marca y de lo que hace. Me entregó dos bolsas de papel identificadas con un sellito y me explicó que en una de ellas estaban los sanduchitos helados y en la otra, lo demás.

En el carro, y aún sin pagar, abrí la bolsita de palitos.

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Los palitos son los bordes de los brownies. Este es el tipo de cosas que me gusta creer que las hacen pensando solo en mí, como si yo fuera la única entusiasta de los bordes. Aquí empezó la felicidad de la tarde.

Al llegar a la casa, hice la transferencia y empecé a sacar, uno a uno, lo que habíamos pedido.

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Me encantan las cosas bien hechas, con buen gusto, con esmero.

Comenzamos por el Reese’s brownie. Lleva ese nombre porque, como el famoso chocolate norteamericano, está relleno de mantequilla de maní.

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Tiene la cantidad perfecta de cacao, porque es fuerte, pero no demasiado. El centro de mantequilla de maní hace un contraste dulce-salado que me fascina (como me fascinan los Reese’s) y le da una textura cremosa, sueva, delicada. Es como de otra galaxia.

Luego los sanduchitos. Te los presento.

Señor sanduchito de galleta te presento al(a la) lector(a). Lector(a) te presento a sanduchito de galleta:

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Para morderlo deberías tener la mandíbula de un tiranosaurio y como no la tienes, pues vas a tener que arreglártelas como puedas. La buena noticia es que tiene la temperatura perfecta para que no se vuelva todo un desastre (no sé cómo hacen eso, pero es una verdad indiscutible).

La galleta es deliciosa, como te la imaginas al ver la foto. El helado lo pedí de chocolate (hay también de vainilla) porque no puedo hacer otra cosa, y estaba cremoso, divino.

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Y rematamos con el sanduchito de brownie, que no tenía pérdida porque por el sabor y la textura de los palitos y el Reese’s brownie, era lógico que fuera espectacular.

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Qué alegría. Una merienda alucinante. Y dulces… Muchos dulces… Como en Halloween.

De pronto los caramelos y los chocolaticos me parecieron un despropósito.

Si vas a celebrar esta fiesta con niños, puedes acompañar a tus hijos, sobrinos, ahijados o hijos de tus amigos a recolectar las chupetas en las casas de los vecinos, porque hacer eso es lindo y divertido para los chiquitos. Pero tú que ya eres grande y puedes tomar este tipo de decisiones, aprovecha la fecha, disfrázate de hormiga y toca la puerta de la casa de La Trinidad a recolectar tu pedido de gloria.

Es importante que sepas que Cacao Al Cubo tiene sus ricuras en varias tiendas de Caracas: El Mercadito Gourmet, Fresh Fish y un par más, por si andas lejos de La Trinidad o si prefieres hacer tus compritas de una manera tradicional.

Quédate pendiente de sus redes para que te enteres, que ellos siempre comparten información de establecimientos donde están, de horarios y hasta de su delivery (sí, te llevan la merienda a tu casa).

Caracas se ha vuelto una ciudad de sabores, de sorpresas, de gente linda con buenas ideas que se ejecutan bellamente. Caracas se ha vuelto el lugar para reinventar las meriendas y ¿por qué no? Para reinventar Halloween.

Caracas, feliz día del chocolate chocolatoso, este 31 de octubre.

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@paularussap