El Musiú en un sábado familiar

Desde hace un tiempo venía persiguiendo un food truck llamado El Musiú y me lo vine a encontrar en el lugar menos esperado.

El cuento es así:

Andrea (mi amiga de la que siempre hablo, porque me acompaña a casi todas las loqueras que invento), me invitó a ver un toque de Fugadøs (recordemos que Samir, el hijo de Andrea, es el baterista de la banda).

El toque sería en el Colegio Claret, con motivo del último sábado familiar de Samir. Sí, Samir es un tipo con banda de rock, batería y una graduación de bachiller en puerta.

La ocasión era especial. Muy especial para Samir por razones obvias, muy especial para Andrea por razones aún más obvias y muy especial para mí, porque yo conocí a ese chamo cuando estaba todavía mudando los dientes.

Sin dudarlo, le dije que sí y el sábado Raúl (bebo) y yo, estábamos como unos claveles esperando que Andrea nos buscara para ir al evento.

Teníamos que dejar el carro en el Centro Comercial Paseo El Hatillo y un autobús nos pasaría buscando para llevarnos al colegio.

Bebo se sentó junto a una ventana y, en silencio, observaba la majestuosa vista de Caracas, que se empieza a ver a medida que uno comienza a subir aquella empinada y curvilínea carreterita que conduce al colegio.

Yo me senté junto a Andrea, porque ella y yo no desperdiciamos la oportunidad de reírnos de cualquier bobería.

Recuerdo que veníamos hablando de cualquier cosa, cuando le comenté: “la última vez que fui a un sábado familiar o una verbena de colegio, debe haber sido hace unos veinte años” y las dos nos reímos incómodas, tratando de rescatar nuestras pobres cédulas.

Cuando las risas se terminaron, sentí nostalgia. Pero también sentí una gran emoción. Emoción de volver al colegio (aunque el Claret no fuera el mío, propiamente), a las locas yincanas, a los kioscos de tortas atendidos por las mamás.

Al llegar, se escuchaba a todo volumen “A Cuerpo Cobarde” en remix (que conozco muy bien, porque mi profe @danibike_vzla siempre la pone en sus clases de Training Bike) pero no era un dj, ni un selektor. En una inmensa tarima estaba, tocando en vivo, la banda creadora del remix: Criollo House.

Muy rápido entendí. Y como Dorothy en “El Mago de Oz” pensé “Toto, ya no estamos en Kansas”.

Nada de yincanas, ni de mamás vendiendo tortas caseras. Señores y señoritas mayores de treinta, les informo que ahora las verbenas tienen los mejores food trucks, puesticos de cervezas para los mayores de edad, cachapas, sushi, tarimas enormes con luces e ingenieros de sonido y hasta un bazar de bisutería, maquillaje y otro montón de cosas. Se quedan locos.

Y lejos de decepcionarme, me encantó.

Me gustó la sorpresa. Me gustó que Andrea no tuvo que perseguir a Samir en una carrera de sacos (como en mis tiempos, los padres tuvieron que hacer en los domingos familiares de mi colegio). Me gustó saber que me podía tomar mi birra de sábado por la tarde. Me gustó sentir que estaba en un concierto de rock.

Empezó la magia.

Para los que no saben o no han ido, El Claret es un colegio que queda casi en el pico de una montaña por donde, lógicamente, Pacheco pasa antes de llegar a Caracas. Una neblina blanca empezó a cubrir el cielo lo suficiente para recordar que la Navidad llegó. De pronto, aquellos recuerdos que yo tenía de las patinatas decembrinas empezaron a emerger y comprendí que nada ha cambiado. Que no importa si ahora estos encuentros son un despliegue técnico, con productora de eventos y toda la cosa, porque el ambiente es el mismo.

Esta foto no es de las mejores que he tomado…

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…pero si la empiezas a observar bien, entenderás de lo que hablo: familias juntas, personas que se ríen y se abrazan, niños que juegan o patinan, mamás que bailan al ritmo de un “A Cuerpo Cobarde” completamente distinto al que recuerdan y, al fondo, unos muchachos sentados en el muro viéndolo todo. Tal y como es la Navidad en Caracas.

Una vueltica de reconocimiento en estos espacios siempre es importante. La dimos y ajá, el food truck que tanto he perseguido: El Musiú.

Acá es donde todo se vuelve food porn y donde cobra sentido que yo esté aquí echando el cuento de un sábado familiar en El Claret.

Como no habíamos almorzado y ya se estaba haciendo de noche, no había demasiado qué pensar.

Pero tal y como en la vida misma, no todo es color de rosa. Para lograr las metas que uno se propone, hay que sortear algunos obstáculos como la gigante cola que había que hacer para comprar, el lento punto de venta y la muchacha de la caja con sus largas notas de voz. Nada que una cazadora de food trucks como yo no pueda superar.

El pedido: papas fritas (sin queso y sin tocineta) y unos fish fingers. Todo para compartir.

Mientras esperaba, hice lo que toda stalker debe hacer: tomar la foto de una hamburguesa que no era mía.

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Ahí todavía estaba en proceso. Me parece que luego le pusieron huevo, otra carne y un montón de cosas más. Debí haber preguntado cómo se llamaba para que puedas pedirla sin titubear, pero me dio pena acosar la hamburguesa de otro. Esa será tu misión cuando te subas al camión de El Musiú.

Me gustó la actitud de las personas que cocinan allí. En la foto que vas a ver a continuación, la muchacha que gritó mi orden se sonrió sin razón, al ritmo de un paso veloz entre una orden y otra, a pesar de que ya había tenido varias horas de pie.

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Y, al darse la vuelta, me quedé mirando su uniforme. El nombre, el sombrerito, la pajarita, las ruedas de un camión, la placa que muestra las siglas “CCS”, todos los elementos que conforman el logo y recordé: la palabra “musiú” es la forma criolla de decir el vocablo francés monsieur que, en español, significa “señor”.

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Aquí en Venezuela, se usa para apelar a aquel que es extranjero, que parece serlo o que simplemente es rubio, aún si es más venezolano que una arepa.

En medio de esas cavilaciones, mi pedido empezó a salir.

Mira estas papas.

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Tenía tiempo que no me comía unas papas así. Recién hechas, crujientes, grandes, muchas.

Yo con las papas fritas soy clásica y les pongo solo salsa de tomate. No necesitan más nada.

Luego los fish fingers.

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Doraditos. De pescado blanco y fresco. Acompañados de la salsa que prefieras. Yo elegí ranch y acerté.

Debo confesar que este espacio me ha dado la oportunidad de ser un poco más arriesgada con las cosas que pido. En otro momento me hubiera quedado con las papas o hubiera pedido deditos de pollo o algo muy obvio en mí. Pero tener que perseguir, buscar, investigar, probar, pedir, morder, degustar y escribir me ha sacado de mi zona de confort. Eso te lo agradezco solo a ti mi querido(a) lector(a). Sin ti del otro lado de esta pantalla, no sería tan valiente. Mírame aquí, comiendo pescado ¿ah? ¿quién lo diría?

La noche cayó y trajo con ella el fabuloso toque de Fugadøs, a quienes admiro tanto. Estuvo buenísimo y me fascina la canción llamada “San Antonio”. Sigue sus redes para que te enteres de sus próximos toques.

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El sábado familiar terminó y agarramos nuestro autobús de regreso a Paseo El Hatillo, entendiendo que unos deditos de pescado y unas papas fritas para los tres no había sido suficiente. Hicimos lo obvio, terminamos en Taima.

Si quieres saber qué pedí, acá te lo cuento. Como estaba todavía en mi mood más culinario, pedí una pizza margarita con queso azul y cebollas caramelizadas. Para los puristas de la pizza esto puede ser una aberración, pero para el “probador” de oficio como yo, esta podría ser tu nueva pizza favorita. Aquí te dejo este dato sin costo alguno 😉

Otro sábado más en Caracas. Este fue familiar. Me trajo recuerdos lejanos de una infancia que a veces se me escapa. Revivió en mí la noción de “colegio” desde una perspectiva nueva. Me encontró con “El Musiú” (por fin). Me acercó más a las personas que Caracas me regaló. Y me reencontró con mi amado Pacheco.

Caracas, ahora es que te queda Navidad y food trucks por descubrir.

Esta entrada esta marcada en Caracas.
@paularussap