Comer En Cine Cittá Caracas Es “Too Much”

Cuando quieres pasar un rato sabroso con tu hermana (amigo(a), sobrino(a), ahijado(a) o quien sea) uno siempre piensa en almorzar, en merendar, en comer.

Para que fluyeran las ideas, me doy un paseo por mi feed de Instagram y me sale algún post de @cinecittacaracas de esos bien foodporn y no lo pienso. Le digo a mi hermana “vamos para allá, que necesito una merengada”. Ella no lo duda, obvio.

No es que no hubiera oído hablar de ese lugar, sino que jamás había ido. Un gran fail de mi parte, porque cuando inauguran un sitio donde sirven las merengadas con un brownie y una pelota de helado encima, yo debí haber sido el primer chicharrón en salir corriendo a probarla.

En fin. Vamos para el Centro Polo, en Bello Monte y ahí está. Es un anexo del viejo centro comercial, pero en forma de edificio. No te vas a perder porque es de vidrios rojos, tiene una marquesina en el techo de una barquilla de colores y estacionamiento con entrada propia, para que caigas justo en la puerta del restaurant.

Cuando entramos nos sorprende. Es ENORME el lugar y tiene muchísimas mesas. También nos sorprende que es como un viaje en el tiempo. En teoría es un lugar relativamente nuevo, pero en la práctica luce como un casino caraqueño de los años ochenta.

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Las paredes están decoradas con grandes ilustraciones de películas famosas como El Padrino. El piso es de una especie de granito rojo muy rojo, que tiene como brillos escarchados. Las sillas son de plástico, pero las servilletas son de tela y están perfectamente dobladas en una especie de “risco” puntiagudo.

En el centro del lugar hay una cúpula transparente, donde puedes ver los antipastos, la cual se abre con un botón eléctrico que amablemente presionan para que yo vea su funcionamiento, a pesar de que no tengo intensiones de pedir el antipasto.

Cina Cittá tiene una rocola. ¡Una rocola! Que no reproduce buenos clásicos como debería, sino versiones instrumentales de “I just called to say I love you” de Stevie Wonder o “Beat it” de Michael Jackson.

El sitio tiene varios, o mejor dicho, muchos televisores que transmiten el resumen de los juegos de básquet de la NBA y por un momento siento que no entiendo nada. Es que es un lugar muy raro y eso, en vez de disgustarme, me intriga.

El mesonero nos trae la carta y nos volvemos a sorprender. Tiene como dieciocho páginas y en ellas te vas a encontrar una larga lista de pizzas, sándwiches, pastas, risottos, sushis, carnes, pescados, pollos, merengadas, cócteles, tortas, helados, cafés… Creo que ya casi ni puedo recordar todo lo que hay.

Por un momento me quedo pensando en que si quisiera comerme la pasta a la ruota (que es la pasta revuelta dentro de un gran queso parmesano reggiano), nunca lo pediría ahí. Iría a Il Caminetto, por ejemplo.

Tampoco pediría sushi, aunque a juzgar por las fotos de Instagram, de pronto no estaría mal arriesgarse a ver.

Lo cierto es que en un lugar que parece un casino, pero pretende ser un diner al estilo americano, uno tiene que pedir como si estuviera en un diner americano. Y así hicimos.

Atrás quedó la idea de la merienda. Si la carta es así de extensa, hay que probar cosas. Hay que experimentar, hay que pensar fuera de la caja (menos mal y no habíamos almorzado).

Empezamos con dos piñas coladas. Son deliciosas y gigantes. Vienen en unas copas decoradas con las cerezas más grandes que he visto en mi vida y saben a lo que tienen que saber: a playa, a música tropical, a palmeras, a lentes de sol.

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En la carta hay un plato llamado Pizza Volcán. La Pizza Volcán no es más que un calzone que no tiene forma de empanada, sino más bien parece como una corona de Navidad, que en el centro trae ensalada césar y papas fritas. Sí. Así. Mírala.

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La traen a la mesa en una gran tabla de madera y no lo podemos creer. Pedimos un plato para dos personas, que en verdad es para cuatro. Y no me molesta que el mesonero no lo haya mencionado, porque esa es nuestra elección en medio de las chorrocientas opciones que tiene el menú. Aquí no caben los arrepentimientos.

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El señor que nos atiende sabe lo que hace, es por eso que es él quien nos sirve las porciones en cada uno de los platos: un poquito de ensalada, de papas fritas y un cuarto de la corona, que está rellena con salsa de tomate, maíz, jamón, tocineta y pepperoni.

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Y tú te preguntarás “¿Paula comiendo jamón, tocineta y pepperoni?” A lo que yo te responderé “si voy a compartir mi Pizza Volcán con una amante de la carne y/o el cerdo, no puedo ser tan egoísta como para pedirla sin jamón, tocineta y pepperoni. Prefiero pedirla como viene e irle quitando los pedacitos”.

La Pizza Volcán es un éxito rotundo. No podemos comernos toda la corona, ni toda la ensalada, pero las papas desaparecen de la gran tabla de madera, como un acto de magia.

Las piñas coladas están todavía por la mitad y la conversación sobre The Crown está tan interesante que ni mi hermana ni yo queremos movernos de nuestras sillas.

El mesonero nos pregunta si no vamos a comer más. Es imposible, pero le pedimos que la mitad que sobra nos la ponga para llevar en dos envases, porque Sergio (el novio de mi hermana) y Raúl (mi bebo) se pondrán felices al ver que les llevamos.

Comprobamos la teoría: la Pizza Volcán de Cine Cittá Caracas es para cuatro personas.

De pronto recuerdo la merengada que quería. No sabemos si es prudente pedirla, pero sabemos que por el bien de este texto y para enloquecerte a ti, tenemos que hacer el sacrificio y compartir una.

En la carta vas a ver las opciones que hay, en la sección llamada “Freakshakes”.

Para nosotras no hay nada qué pensar: Mocca Cine Cittá, porque es la merengada que viene con brownie, helado de chocolate y sirope de Nutella. Se le puede agregar café, pero nosotras no queremos.

Esta es:

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Al verla nos sentimos como dos niñas justo en ese momento en que se revienta la piñata y no llueven gotas de agua, sino caramelos y juguetes.

Tiene una barquilla, lluvia de colores, dandys, galletas, crema chantilly.

Es tan hermosa que no sabemos si tocarla o no. No sabemos qué hacer. No sabemos si nos vamos a ensuciar. No sabemos si la torre se va a caer. No sabemos si todo va a ser un desastre. Qué emoción tan emocionante.

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Es, como ya te debes imaginar, DELICIOSA.

Comentamos que el brownie tiene áreas de oportunidad, porque sentimos que debe ser como “chiclocito” en el medio y este no lo es. Luego descubrimos que el truco es hundirlo en la merengada y entendemos que tiene sentido que sea “boronoso”. Cuando la pidas, hazlo.

Pasamos más de una hora tratando de terminarnos la merengada. No lo logramos. Es mucho.

Pedimos la cuenta porque sabemos que tenemos que bajar a conocer la heladería. Vemos el total y nos llevamos una sorpresa: vale la pena.

Hay platos que se salen de cualquier presupuesto, como la hamburguesa de langosta. En la foto de su Instagram la vas a ver. Te va a parecer majestuosa y te va a provocar pedirla, hasta que veas el precio. Pero si consideramos que la Pizza Volcán es perfecta para cuatro personas y que una merengada es para dos y quizás hasta tres, pues sí, de verdad vale la pena.

El sitio tiene un ascensor interno, por donde se puede bajar a la heladería/pastelería/mercadito.

En verdad es un solo nivel que se puede bajar por las escaleras del Centro Polo, pero si estás en un casino, que pretende ser un diner americano, con piso de escarcha y paredes con Marlon Brando, que tiene un ascensor panorámico, tienes que usarlo.

Al bajar la historia es otra… O la misma.

Hay millones de sabores de helado. Desde Red Bull, hasta cerveza. Desde Ferrero Rocher, hasta turrón. Desde Skittles, hasta Viagra.

Sigues caminando y vas a ver otro mostrador lleno de palmeras doradas y grandísimas, tartaletas de fresa decoradas con galletas de chocolate, trufas, óperas, selvas negras. Es una locura.

Obvio que no queremos y no podemos pedir nada. Pero entendemos que si hay un paraíso del dulce, la planta baja de Cine Cittá Caracas se le parece bastante.

No nos podemos quedar con la imagen. Tenemos que arrastrar a alguien más a todos los pecados que cometimos ahí y le compramos a mi mamá una palmera y un fondant de chocolate para llevar. Ella no lo puede creer de lo divino que son sus dulces.

Los muchachos tampoco pueden creer lo deliciosa que está su porción de Pizza Volcán con ensalada césar. A todos nos queda la sensación de que debemos volver juntos.

Me quedo pensando en Caracas y llego a la conclusión de que es una ciudad impresionante. Es una ciudad con atardeceres rosados, con araguaneyes en flor, con calorcito de playa en esta época del año.

Y es también una ciudad que esconde un edificio de vidrios rojos, donde no sabe uno bien qué es, qué pretende, ni qué representa, pero que te deja reír a carcajadas, te deja curiosear, te deja comer groseramente y te deja pensando.

Esta entrada esta marcada en Caracas.
@paularussap