El limon más dulce… Maracay

A veces hay que hacer una fechoría, una travesura. A veces hay que salirse del camino, hay que cambiar la ruta. A veces hay que levantarse de la cama temprano y hacer algo que nunca has hecho.

Este fin de semana lo hice.

En vez de ir a comer algo rico, de buscar un pasatiempos o de ver películas en la casa, me levanté, me bañé y agarré mi morral y me fui con los míos. Sip. Nos escapamos. Agarramos la carretera y no nos fuimos lejos, pero nuestras mentes descansaron tanto, que parece que hicimos EL VIAJE.

Yo siempre pienso que Caracas es suficiente. Aquí hay de todo y estas notas son para demostrarlo. Pero a veces hay que darse una escapadita, aquí mismo… Ya les cuento.

Ya teníamos días queriendo hacer un viajecito. Nada que fuera demasiado complicado y que involucrara muchísima plata, por eso nos pusimos a averiguar qué podíamos hacer que fuera cerca y conseguimos el plan perfecto. En Maracay hay una posadita, a los pies del Henri Pittier, que es más dulce que ácida. Se llama El Limón. Denle clic al link que ahí está todo.

Reversamos el lunes súper fácil y el sábado ya íbamos de salida. Llegamos rapidísimo a Maracay, pero ya era el mediodía, teníamos demasiado calor y muchas ganas de conocer, de probar y, por supuesto, de tomarnos unas cervezas heladas para celebrar el escape.

Caímos en la Avenida Las Delicias, donde hay muchos sitios para comer. Sin embargo nos llamó mucho la atención un lugar llamado Las Terrazas del Vroster. ¡Qué gran acierto! Nos recibieron con mucha amabilidad, nos atendieron de maravilla, las birras estaban heladas y la comida es IMPRESIONANTE. Pero cuando digo impresionante es que verdaderamente impresiona. La carta es larguísima y seguramente van a pasar un rato largo leyendo todo y tratando de decidir, pero sean conscientes. No como nosotros que pedimos un combo Tricolor para tres y era una bandeja de pollo frito, yuca frita y arepitas fritas como para un batallón (no mentira, en verdad como para cinco), todo esto acompañado de ensalada rusa. Hay otras cosas deliciosas como la milanesa en salsa de brócoli, que también trae palitos de yuca frita y ensalada rayada. Todo es divino y con precios muy buenos. Si van para allá no se van a arrepentir. Y cuando vean llegar la comida se van a sentir como los protagonistas de Game of Thrones cuando comen esos banquetes medievales dignos de vikingos o caballeros de mesas redondas.

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Al terminar de comer, nos enfilamos hacia la posada. La entrada es espectacular, con esos chaguaramos altísimos que dan una bienvenida llena de frescura. La recepción es una especie de caney junto a la piscina, donde te reciben con mucha amabilidad y simpatía. Te dan la llave de la habitación, el control del televisor y las toallas.

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En la página web se ven perfectas las habitaciones. Son muy rústicas y modestas, pero son muy cómodas y agradables: aire acondicionado, televisión por cable, agua caliente y una atmósfera cálida. Como si estuvieras en un lugar en el que nunca has estado, pero que de una u otra forma recuerdas y no sabes por qué, ni cómo.

Algo que siempre te advierten es que no hay restaurante y que solo tienen desayuno los fines de semana, si pagas un poquito más por las habitaciones. Pero no se preocupen que hay soluciones para eso. Ellos no tienen problema con que lleves tu cava. Además tienen un acuerdo con un lugar muy interesante. Pero eso se los digo más adelante.

La primera noche nos reunimos todos en una de las habitaciones a echar cuentos, a tomarnos alguito y a ver el especial de History Channel acerca de la década de los 90 y la generación X. Quedamos cansados y muy satisfechos. El fin de semana apenas estaba empezando y el día siguiente sería completo para disfrutar de las instalaciones.

A la mañana siguiente nos levantamos para el desayuno. Qué maravilla: dos arepas, perico, queso, jamón y mantequilla, con un juguito de parchita delicioso. Una vez más, la atención fue excelente. Como si nos conocieran, como si fuéramos amigos, como si viviéramos ahí. Qué sabrosa es la hospitalidad. Comimos y conversamos rico. Sabíamos que el día todavía tenía muchísimas horas.

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Cuando terminamos de comer, nos fuimos a hacer la sobremesa en el caney de la recepción. Un lugar muy bello, con decoración de azulejos, sillas de un mimbre grande y fuerte, mucha madera, mucha arcilla y un wifi súper veloz. Al cabo de unos dos minutos ya estábamos instalados como en la casa de mi casa. Ahí descubrimos que venden cervezas frías (eso nos sorprendió porque nosotros creíamos que no vendían nada, exceptuando los desayunos) que de una vez ubicamos dentro de itinerario como las fieles acompañantes a la hora de la piscina. Que ese momento llegó como treinta minutos más tarde.

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Nos pusimos los trajes de baño, sacamos los protectores solares, lo lentes oscuros y la cava. No se si a ustedes, pero a mí me fascina una tumbona y ahí me acosté a disfrutar de mi mini vacación casi todo el día.

Por ahí como a las cuatro de la tarde, con ese calor tropical, en medio de aquella selva llena de guacamayas y árboles tupidos de verde, y ese sol tan brillante que tiñe de naranja la parte de adentro de los párpados cuando están cerrados, decidí meterme en la piscina, que estaba tan azulita como se ve en el site. HELADA y refrescante. Es pequeña, pero vayan con calma que se va poniendo muy profunda.

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Después de semejante chapuzón y ya que eran como las cinco de la tarde y las arepitas habían quedado atrás hacía mucho rato ya, buscamos a uno de los muchachos de la recepción para preguntarle cómo era el asunto con el almuerzo, porque no teníamos nada de ganas de agarrar el carro. Nadie quería dejar las tumbonas, ni la piscina.

Desde que reservamos nos explicaron que tienen un convenio con un restaurant cercano, que tiene delivery. Se hace el pedido por teléfono, se paga en efectivo y te llevan la comida a la posada. Ustedes pueden ser previsivos y hacer las debidas paradas por los cajeros automáticos para no tener ningún problema, pero nosotros somos distintos. Somos improvisados, despreocupados, despistados y tranquilos. Nadie tenía suficiente efectivo ni para pagar un refresco de lata. Eso tampoco fue un inconveniente, porque puedes pagar por transferencia o hasta la misma Gabriela (la dueña) te busca en su carro para que vayas a pasar la tarjeta por el punto, que ella misma te lleva de regreso a la posada. Yo que soy una curiosa, dejé mis ganas de tumbona, me puse un short y una franela y esperé a que me avisaran para salir.

Afuera estaba Gaby esperando por mí. Jovencita, echada pa´lante, simpática. Mientras manejaba, me contaba que quería invertir en hacerle mejoras al restaurant, que las pizzas son famosas, que su hermana Beatriz hizo un curso de coctelería y que tenían un espacio privado para “rumbitas” y karaoke. Todo sonaba muy interesante, pero yo no tenía idea de qué me iba a encontrar. En un momentico llegamos a Gabanas (@Gabanasbar en Instagram). Así se llama el lugar. Una pizzería muy agradable, con pocas mesas pero muy bonito, con el olor de la leña saliendo del horno y con la amabilidad de todos.

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Gabriela me mostró todo y hasta me llevó al área que ella llamaba privada. Otra gran sorpresa que me llevé: un lugar escondido, un oasis, un secreto. Cuando vayan no digan que se los dije, pero pregunten por ese espacio sobretodo si van de noche y luego me cuentan qué tal. Yo quedé picada y quiero volver a ver qué tal se pone eso y para probar los tragos de Bea.

Pedimos tres pizzas grandes: una vegetariana, una con pepperoni y una margarita, pagué y Gaby me llevó de vuelta a la posada. Esta vez ella iba acompañada de su sobrino, aparentemente un duro del shawarma y de la comida árabe. También tengo que volver, porque se me quedó la espinita clavada. ¿Ya les he contado que soy fanática de la comida árabe? ¿No? Bueno ya lo saben.

Llegué a la piscina con tres cajas gigantes de pizzas y los míos estaba ahí esperándome ansiosos. Comimos en la piscina, felices. Esta vez hicimos la sobremesa acostados en las sillas de extensión, hablando de todo y de nada al mismo tiempo, hasta que se llegó la hora de ver El Precio de la Historia y Súper Humanos. Sí, somos geeks. Nada nos movió de ahí, solo los programas de History. Ya empezaba a pegarnos la pesadez de la despedida, del fin del viaje, de la carretera de regreso. Sabíamos que quedaba poco.

A la mañana siguiente salimos a desayunar. Como era lunes ya no habían arepas, ni juguito. Pero no importó, nos comimos unas empanadas que encontramos por el camino y nos regresamos a recoger todo con nostalgia. Devolvimos las llaves y los controles, me despedí de mi habitación como si hubiera sido un lugar que yo hubiera ocupado por siglos y nos subimos al carro sin ganas. Como queriendo que el tiempo retrocediera, como arrepentidos por no hacer nuestro escape más duradero (una semana por lo menos).maracay-14

El regreso fue más rápido que la ida (siempre pasa), pusimos The Beatles para cantar y alegrarnos el espíritu. Cada metro avanzado era un metro más lejos de aquella felicidad tan simple. No queríamos regresar a la realidad, hasta que algo pasó. Pasó Caracas. La encontramos idéntica, como si nos hubiera estado esperando, como si nos hubiera extrañado y nos estuviera recibiendo contenta. Se me quitó la nostalgia.

Es bueno salir. Cambiar de ambiente. Escapar. Porque la mejor parte siempre será regresar.

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@paularussap